lunes, 24 de diciembre de 2007

PARANOIDEA

PARANOIDEA
Dedicado a la memoria de Charles Baudelaire y Edgar Allan Poe

I
Bruno, aquel cuyos delirios son sus más crueles carceleros, preguntabase acerca de la vida y de sus dones y maldiciones; Hoy no había sido un buen día, sus arrebatos de locura lo consumían diariamente debido a su perturbada personalidad. Las visitas al psiquiatra eran en vano, hallábase condenado a convivir con los fantasmas de su pasado quienes diariamente, a la hora señalada, caían como abejas asesinas, picándole, hiriendo su alicaída psique hasta llegar al borde del suicidio.
Muchas veces la idea le daba vueltas en su cabeza, tomar algún instrumento con el cual daría un final apoteósico a su ya conflictiva existencia. El descanso eterno era quizá el único medio para alcanzar la paz.
Sentado en su escritorio, observando a través de la ventana a la gente que pasaba, Bruno se preguntaba que estarían pensando de él; parecía que algunos volteaban como si lo estuvieran buscando, como si supieran que dentro de esa casa tan extraña y alicaída existía un ser que los estudiaba, alguien que consideraba al resto de las personas como lo que eran, simples conejillos de indias solamente un poco más evolucionados.
El reloj no paraba su marcha, su infernal Tic tac tornose insoportable, el ruido tan molesto se convirtió en pesados mazos que destruían eternos yunques hechos del metal más duro de la creación. La situación en la casa era demasiado insoportable. La gente seguía pasando pero ya habían perdido interés, sólo eran monigotes presas del tedio y de la sin razón. El aburrimiento se apoderó de Bruno, incómodo y molesto, inconforme, comenzó a preguntarse acerca del sentido de la vida y de cómo el tiempo galopa a todo poder, aplastando las cabezas de aquellos que no lo vieron venir.
Todas esas elucubraciones terminaron por decidir a Bruno acerca de su siguiente acto; cogió una vieja chaqueta negra y se dirigió a la calle.
La selva moderna repleta de bestias y animales ponzoñosos despertaba el terror en Bruno, tanto así que debía salir usando alguna prenda o adorno que le sirviera de amuleto para poder disminuir la tensión; Ese día llevaba un extraño “pulserín” hecho de piedras obscuras, ennegrecidas por alguna técnica que desconocía, quizá fue obra de brujería o de algún proceso secreto que tarde o temprano será revelado.
En medio de un parque bastante concurrido, Bruno observaba a los niños, jóvenes, adultos y ancianos que concurrían en busca de diversión, de pronto reparó en una joven de cabello corto, delgada y blanca; Bruno percibía que aquel ser demostraba curiosidad hacia su persona; Halagado por aquellos gestos, comenzó a adoptar ciertas poses que buscaban explotar su atractivo pero que sin embargo sólo dejaban en él la idea de la ridiculez. Bruno se sintió avergonzado por tanta pose, pareció advertir una sonrisa de burla en la joven, vio como ella se acercaba a un grupo de amigas, hablando en secreto, luego rompía en escandalosas carcajadas; Cuanto no habría dado Bruno por poder leer la mente para enterarse de lo que aquellas decían.
Extrañas teorías destruyeron la fantasía de cuento de hadas, que en un principio construía para con la joven, reduciéndola a un aberrante paisaje en donde él era objeto del escarnio producido por voces y miradas de adolescentes sin compasión que buscaban reducirlo a cenizas; El eco de las risas le pareció demasiado intenso, tanto que tuvo que taparse los oídos pero aun así aquellas voces continuaban atormentándole, era algo que no podía tolerarse.
Las personas del parque se divertían a sus anchas, en eso una bella joven reparó en un chico que se retiraba, mirándola y luego volviéndose rápidamente hacia otro lugar, tenía las manos que le cubrían los oídos; la curiosidad hacia él habíase despertado desde un buen rato, sin embargo el chico parecía demasiado tímido, sus amigas también lo notaron pero estaban más interesadas en burlarse de otros amigos y de las historias que recordaban; la joven quedose con la duda, queriendo saber quien era aquel que había estado tan lejos y tan cerca de ella.
Bruno llegó a su casa desesperado, las voces continuaban en su cabeza, las imágenes se sucedían una tras otra, no podía detener los pensamientos de acoso, de escarnio, los insultos, la reducción a pequeñas partículas asquerosas y repulsivas para el género humano; En su imaginación, la apariencia de la joven del parque se transfiguró en un extraño demonio que lo atormentaba con su escudriñadora mirada la cual penetraba y deshacía cada uno de sus órganos, en especial su corazón.
Los caminos de la vida parecen insospechados, laberinticos, recuerdan la forma del cerebro y sus peculiares circunvoluciones y áreas, todas ellas arrugadas, pliegues que traen a la fantasía la idea de un mundo confuso que lleva por muchas sendas las cuales encierran una parte del secreto de la vida.
Bruno se debatía en medio de éste secretismo, de esa vida repleta de callejones sin salida y de puertas falsas, de pronto recordó una de las indicaciones de su último terapeuta, quien le había dicho que el escribir constituía un buen remedio para las penas, una forma de exteriorizar los miedos y las esperanzas.
La necesidad de desfogue colmó a Bruno, su ataque era demasiado intenso; comenzó a escuchar ruidos en el suelo, como si fueran toquidos de puerta; rasguños en las paredes, como si estas aprisionaran bestias hambrientas y salvajes; latidos por todos lados, como si la casa estuviera viva, presta a transformarse en un monstruo que lo aprisionaría en medio de sus putrefactas entrañas. Bruno recordó algunas cosas escritas por autores que antes eran sus preferidos, sus delirios comenzaron a darle más material, corrió a su escritorio, sacó una hoja y lápiz, comenzó a escribir algo. Media hora después leía en voz alta su poema.

PARANOIDEA
Vulgares voces me devoran,
Siento el aliento de la muerte,
bestial sofocación,
Apartándome de las flores de tu alma,
Marchitándolas, dejándolas hediondas,
Revelando tu ser a mis sentidos.
Un montón de escoria
adornada con una bella careta;
Ahora puedo ver lo que realmente eres.
Deja ya de torturarme
con esa estúpida mirada,
Eres sólo un pináculo de basura
En la que desfogare
mis más lujuriosos pensamientos.
En la putrefacción conseguiré paz,
Aquella que me ha abandonado,
Despertando terribles espectros
Que golpean por todos lados
Sin cesar ni descansar;
Anhelan llegar a mí,
Hacerme pedazos,
Arrancarme el alma
para luego devorarla.
Desdichado soy ante
aquella fuerza sin nombre,
Fantasmas y diablos
que ahora te gobiernan,
Siendo tú su instrumento
Para darme el golpe de gracia;
Eres tú y a la vez no.
No se que pasa,
Por un momento el mundo se me revela,
Pero ahora no hay nada,
Solo silencio transfigurado en odio.
El mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
Que e……………..

En ese momento, un extraño bloqueo cerró la mente del autor, sumiéndolo en un vacío del cual no podía salir, por más esfuerzos que hacía. Las voces, congregadas a su alrededor, continuaban gritándole y espetándole cantidad de insultos e improperios. Los ojos de Bruno se llenaron de lágrimas, ya no podía soportar aquello, ni siquiera era capaz de escribir algunas líneas pues aquel remolino de pensamientos destruía la poca cordura que le quedaba. El refugio no existe en la mente del desdichado, condenado a ser él mismo, sujeto al autojuicio proyectado en las voces de censores externos que lo convierten en un simple guiñapo humano. Bruno se encontraba sin poder resolver el final de su poema, metáfora de su propia vida sin salidas. La cabeza se rindió y cayó sobre los brazos, sepultándose en el frio mantel de la mesa. Bruno trataba de esconderse de la existencia, buscando escarbar en la madera del mueble para poder hallar una salida. La puerta de la calle se abrió, era la familia que regresaba de un paseo, sin darse cuenta eran casi las 7 de la noche, afuera el velo de las tinieblas cubría los restos de civilización llamada ciudad. Los padres y los hermanos de Bruno se quedaron mirándole, algo de su aspecto llamaba mucho la atención; él los observó, era lo único que podía hacer, su boca no pronunciaba palabra alguna, habría querido suplicarles, pedirle a aquellos que supuestamente lo amaban que lo ayudaran, que lo acogieran, que velaran por él, que lo salvaran de aquellos torturadores que lo reducían a una nada humana, pero luego creyó notar algo, una frialdad que corroía sus huesos, su propia familia lo despreciaba, creyó escuchar frases como: ¡Esta basura esta nuevamente en crisis!, ¡Deberíamos enviarlo a un manicomio!, ¡Ni siquiera sirves como hijo o hermano!, Bruno no pudo soportar aquello, salió corriendo, atropellando a sus padres quienes no pudieron detenerlo. En la calle se oye un freno intempestivo y un grito agudo que remece el corazón, voces que se agolpan por doquier. En la mesa, Richard, uno de los hermanos de Bruno, suelta el papel con la poesía, lo que ha ocurrido es algo que recordarán por el resto de sus vidas.

II
La madre era un torrente de lágrimas, el padre aparentaba fortaleza, los hermanos sufrían a su manera, aquella no era una mañana común, debían recoger el cuerpo de quien en vida fue Bruno.
El velorio fue un patético episodio al igual que el entierro, el mundo había cambiado para aquella familia. Luego de que todo terminó permanecieron silentes, encadenados al dolor; En un rincón, Richard pensaba en las letras que había dejado su hermano como último testimonio de su existencia, allí estaban nuevamente, aquella labor interrumpida por la Parca. Richard vio nacer la disposición de terminar con aquello que Bruno había dejado inconcluso, lo haría al día siguiente.
El transcurrir de un día a otro fue casi instantáneo, repentinamente eran las 6 de la tarde del día siguiente, Richard estaba hecho un sinfín de ideas, posibilidades para culminar el poema de su hermano, parecía medio obsesionado con aquello. Un grito remeció la casa, el padre y la madre corrieron presurosos - temerosos de una nueva desgracia -, los hermanos salieron de sus cuartos, todos se dirigieron a la sala, allí encontraron a un joven cuya faz era el retrato del miedo mismo, estaba caído y con su dedo pulgar señalaba a la mesa donde estaba un papel, el padre se acercó y lo cogió.
Inconcluso, inconcluso, inconcluso – repetía Richard.
El padre observó a su hijo, resignado pensó que quizá era el comienzo pero esta vez sería diferente a lo que le ocurrió con Bruno, no se permitiría perder otro hijo.
El papel resbaló de las manos del hombre quien junto a su familia levantaron al caído y lo consolaron.
En el suelo estaba un poema, lo extraño era que aquel texto debía estar incompleto, sin embargo no era así, las últimas frases estaban escritas con una tinta roja intensa, el papel estaba manchado con tierra, huellas de dedos que habían manipulado el suelo, un olor hediondo despedían aquellos rastros. El padre no le dio importancia a aquello, su atención estaba enfocada ahora en su otro hijo.
Las últimas frases del poema decían:

Pero ahora no hay nada
Solo silencio transfigurado en odio,
el mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
¿Que es aquello?¿Una puerta?
Vigilada por bestias que impiden mi paso a la gracia,
Cuya mirada convierte lo sublime en putridez,
Quiera mi alma no caer en sus garras.
Todos deben morir, pero para ello
Antes que todo, yo debo hacerlo,
Es el precio para pasar por esa puerta.
¡Adios dulce amor!, te esperare en el infierno,
Separándote un lugar
En el campo de los lujuriosos.

El papel seguía en el suelo mientras la familia acogía al hermano de Bruno, pero aquel lo único que escuchaba eran frases enmascaradas que ocultaban el odio que aquellos sentían. Un velo de sombra descendió sobre su consciencia mientras el amor de sus seres queridos transformabase en suspicacia; A lo lejos creyó escuchar un llanto transfigurado en risa histérica.
Por la noche, Richard se sentó en la soledad de su alcoba, sus padres se habían ido ya, dejando de importunarlo; Comenzó a escribir las páginas de un diario, quiso darle un titulo pero desistió.
- La locura no necesita nombre para existir – pensó Richard.
En la otra alcoba, el padre musitaba: Otra vez no, otro hijo no.
En la sala, el poema de Bruno yacía abandonado como abandonada estaba la humanidad.


CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com

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