lunes, 24 de diciembre de 2007

LA SINFONÍA DE LOS MUERTOS

LA SINFONÍA DE LOS MUERTOS

¡Es una tontería! exclamaba Gustave, mientras escuchaba el relato de un anciano que conversaba con él. Gustave era un excelente músico, se preciaba de tener un finísimo oído lo que le permitía crear hermosas melodías con las cuales encendía apasionadamente el corazón de las nobles damas y a su vez se ganaba la amistad de los más valientes de los hombres. Había llegado a un pequeño pueblo y en su taberna local conoció a un antiguo músico, ancestral asiduo a los palacios de la añeja nobleza, tiempos y épocas gloriosas para él pero todo eso quedaba ya en el olvido; ahora no soportaba el hedor de la aristocracia, prefirió el exilio de toda esa pompa, sus últimos años transcurrían en los pueblos, en las iglesias, alegrando el espíritu de la gente común en la cual encontró un resguardo y una gran compañía. Ahora su música era un simple disfrute de las melodías que creaba, ya no lo hacia por fama sino solamente por el deleite que le inspiraban los sonidos y cánticos que producía. Este personaje contó a Gustave una antiquísima historia la cual era conocida por muy pocos ya que el solo hecho de relatarla acarreaba burlas e insultos de parte de la gran mayoría; Gustave no fue la excepción pues luego de oír con atención la historia, rompió en una risa la que fue seguida por palabras de mofa e incredulidad. El relato del viejo giraba en torno a la música de los muertos, así es, la historia afirmaba que aquellos que descansaban eternamente en las lozas de los cementerios producían un sonido y una armonía que muy pocos podían percibir, y que a medida que éstas se combinaban creaban un deleite aterrador, los oídos de los testigos se congelaban y la respiración se agitaba, los latidos del corazón se tornaban violentos, el alma pugnaba por salir, acudiendo al llamado de aquellos de ultratumba. Nadie hacía público esta experiencia, ninguno podía reproducir esa música, algunos relataban que al momento de intentarlo la mente se ponía en blanco, las manos temblaban y un sudor frio recorría el cuerpo entero, luego de esto desistían y sólo se llenaban con el recuerdo que experimentaron al escuchar esos tonos que no eran de este mundo y que nunca lo serán.
Gustave no creyó nada de lo que el abuelo le dijo pero esa noche no durmió, la sola idea de que nadie hubiera podido reproducir ese concierto, que nadie se vanagloriara de poder tocar la supuesta música de los difuntos, la plegaria de aquellos que ya no estaban con nosotros y que sin embargo aun se sentían ligados a la hermosura de la vida con un vínculo más excelso como lo es la música, todo eso le perturbaba el animo.
¡Oídos finos! pero si él se ufanaba de tener uno de los más “perfectos” del mundo, entonces si otros seres inferiores pudieron, con mucha más razón el podría. El monstruo de la ambición seducía al músico a cada minuto, su soberbia se manifestaba y tornabase grandiosa, en medio de eso formuló un terrible pacto consigo mismo o con lo que sea; él sería el primer y quizás el único que plasmaría la sinfonía de los muertos en la música de los vivos. ¡Sí!, paradójicamente la misma muerte le daría la sublime inmortalidad.
A la mañana siguiente, Gustave salió temprano del lugar de su hospedaje, caminó por las inmediaciones del pueblo, contemplando la naturaleza, sus pasos lo llevaron a un antiguo cementerio que había visto cuando recorría el camino que lo llevó al pueblo. Era un lugar de otra época, en el aire se respiraban penas y lamentos de tiempos lejanos, percibiase una esencia cargada de antigüedad, matizado con el halito de la muerte y el perfume de la eternidad. Gustave pasó la mañana y la tarde en aquel campo santo, el músico estaba pendiente de cualquier murmullo pero nada ocurrió. El crepúsculo se avecinaba ya, Gustave decidió quedarse toda la noche pues es sabido que la obscuridad abre los portales que separan el mundo de los vivos del de los muertos propiciando que las almas recorran la tierra, rememorando glorias pasadas, antiguos amores, pasiones perdidas, odios irreconciliables; un panorama, un desfile invisible para los mortales quienes no resistirían tal espectáculo.
La noche transcurría, Gustave solamente escuchaba el sonido de animales nocturnos, los aullidos del viento y uno que otro ruido con el cual la naturaleza adorna el paisaje de la soledad. La noche estaba bien entrada ya, Gustave se recostó en la losa de una tumba y se quedó profundamente dormido, en sueños se veía en un inmenso teatro rodeado de una gran cantidad de público los cuales aplaudían su nueva música, un sonido que les paralizaba el corazón y les arrancaba el alma; En medio de la orquesta, Gustave dirigía orgulloso, de espaldas al público, los músicos rompían en un estruendo que asemejaba el furor de una batalla. La alegría y la desesperación hacían presa de los presentes hasta que al final Gustave oyó los aplausos, su gloria era un hecho, se volvió a la gente para agradecer pero no había público allí, sólo una cantidad enorme de cadáveres que se deshacían, un olor inmundo invadió el lugar mientras estos seres contemplaban a aquel que los deleitaba; Gustave, presa del pánico, se volvió a sus músicos quienes no eran mas que un montón de seres envueltos en harapos que se disolvían, aquello era insoportable, terminó lanzándose sobre uno de los espectros pero su arremetida se detuvo pues en la superficie de los instrumentos de viento pudo ver su propia imagen reflejada, la imagen de un cadáver que se deshacía carcomido por los gusanos.
Un grito perturbó el descanso de los muertos, el músico se había despertado de su horrenda pesadilla, sus sentidos aparecían totalmente perturbados. Lentamente Gustave recobró la calma, se convenció de la fantasía experimentada e influenciada por el lugar, decidió irse pues nada del otro mundo, aparte de su sueño, sucedería esa noche. Cuando Gustave estaba a punto de incorporarse, un fino sonido fue percibido por él. Una extraña armonía, a manera de introducción, invadió por un momento el ambiente alterando al músico, pero la voz de su razón le decía que debía tratarse de algún animal o del eco de un sonido común de los que pueblan la nocturna tranquilidad; sin embargo ese mismo sonido fue seguido de otro y de otro, dando pie a una lúgubre sinfonía, un furor que la naturaleza misma no entendía. Gustave extasiado se dio cuenta de que el sonido venía de debajo de la tierra, de las profundidades; Las tumbas eran el conducto, el eco de ese mundo que se proyectaba a la tierra de los vivos. Así desfilaron sonido tras sonido, la mente de Gustave se saturó de tanta belleza, porque realmente le pareció belleza lo que oía, esta música superaba incluso a los coros de ángeles que se encontraban al lado de la divinidad.
El músico quedó impresionado por la hermosura de la melodía, sacrílega, desafiante, terrible, pero divinamente excelsa, que ostentaba el sello, la mácula de los horrores de la muerte, pero también poseía el misterio, la paradójica atracción que la parca conlleva y que envuelve en un halo de extraña y macabra hermosura a los hombres que la sienten en lo más profundo de sus corazones, a los hombres que la desean, que la admiran y que se pierden en sus lúgubres senderos. ¡No!, esa música que ahora Gustave percibía tenía que ser legada a la posteridad, entonces tomó un pequeño maletín y extrajo unos papeles, se sentó en el suelo, envuelto en la tierra misma, comenzó a copiar la música, traduciendo los sonidos en notas. La habilidad de Gustave era impresionante, no en vano presumió de ser uno de los más grandes músicos de toda esta tierra, su velocidad se torno demencial, llenó hoja tras hoja, creando un excelso concierto producido por innombrables seres, pero eso no importaba pues ahora sería Gustave el que trasladaría esa música a oídos de grandes y pequeños, de potentados y pobres, el mundo deliraría con la música arrebatada de la misma muerte. La muerte era el pasaporte a la inmortalidad, como Gustave había mencionado con anterioridad. En medio de toda la locura creativa, el músico no notó que la armonía se transformaba en un sonido hueco, amenazador, que se elevaba cada vez más, como si se desprendiera de sitios jamás visualizados. Un coro de voces terribles se alzó desde lo profundo, reclamando algo que ya les pertenecía, las voces se volvían cada vez más terribles, furiosas por arrebatar el cuerpo y el alma del desdichado elegido, su intensidad creciente presagiaba la inminente llegada, ¿pero qué era lo que iba a irrumpir en el mundo de los vivos?. Gustave palideció de pronto, se puso de rodillas, un nuevo sonido produciase a su alrededor, pero no era música, sino más bien ruidos de huesos chocando con la superficie, sonidos similares a cuando la gente escarba, piedras que se mueven, osamentas que retiemblan, pisadas, ruidos huecos, el silencio.
Al amanecer, el músico no regresó a sus habitaciones, es mas nunca volvió, asimismo el anciano que conoció en la taberna desapareció, algunos dicen que en su cuarto, luego de haber comentado la historia de la música de los muertos a Gustave, se escucharon risas extrañas así como un olor nauseabundo, similar a una carne la cual hubiera estado pudriéndose por siglos incontables, la humanidad descompuesta carcomida por el furor de otro mundo.
Un año después, un músico que visitó el pueblo y oyó la historia del anciano y del joven Gustave, decidió desafiar el destino y se adentró en el cementerio. Lo que relató luego fue que escuchó un conjunto de extrañas y subyugantes melodías y así estuvo por no se cuanto tiempo, de pronto la música se vio acompañada por un extraño coro de voces semejantes al canto gregoriano de un monasterio sumido en sus meditaciones, en sus conversaciones con la divinidad; sin embargo éste coro era distinto, voces lastimeras, ásperas, transformadas en tonos imponentes, desafiantes, burlones, blasfemos; La música que acompañaba a estos cantos producía un sobrecogimiento en todo el cuerpo, podías amar ese sonido pero también anhelabas desprenderte de éste mundo para no seguir escuchándolo, música proveniente de una fuerza y de un poder amenazante.
El músico estaba extasiado, decidido a volver otro día con papeles a fin de plasmar en notas tamaño descubrimiento pero algo lo disuadió de inmediato, algo que casi lo lleva a la locura pues al final del concierto un ruido ensordecedor se manifestó, como si un increíble número de personas aplaudiera, produciendo nefastos sonidos, pero lo peor fue que aquello tuvo como respuesta un llanto y un grito lastimero, esa voz era diferente, las palabras que pronunció eran una súplica de perdón pero aquella improvisada oración fue contestada por una extraña risa que se asemejaba a la de un anciano, pero el tinte era terrible, ¡¡¡Terrible!!!.........................

CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com

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