EL MENSAJERO
Dedicado a Edgar Allan Poe
Solitario se encontraba el buen Abel, caminando por una ancha avenida cuando a lo lejos reparó en la gran torre del reloj, una impresionante construcción que tenia casi 100 años de haberse levantado, era un edificio que gobernaba la plaza central de la ciudad, un atractivo turístico al cual el que menos se daba el gusto de subir a fin de poder contemplar toda la urbe pues el panorama que desde allí se apreciaba era incomparable.
Abel no lo pensó un minuto más, subió los incontables escalones, llegando a la cima de la gran construcción desde la cual divisó un paisaje inmejorable. ¡Cuan grande era la ciudad!, ¡Cuan hermosa y tétrica se veía ahora! pues justo daban casi las 6 y 30 de la tarde y la imagen que se mostraba estaba bañada por un sinfín de luces que anunciaba la muerte del día. Abel veía y parecía que esta visión lo arrebataba, pero en el fondo de su ser un pensamiento comenzaba a formarse, una visión ante la cual no valía ni ciudad ni nada que se le pudiera comparar porque no había paisaje ni belleza terrena alguna que pudiera competir con lo hermoso de su amor, con lo grande que éste era, con la amada hacia la cual él profesaba inconmensurable adoración, su eterna Elizabeth, aquel ser que había colmado toda su vida de dicha y alegría. Así divagaba el amante mientras el tiempo cruel corría sin detenerse, así sin querer dos horas transcurrieron, la ciudad era una gran masa negra adornada por una multitud de luces interminables. Abel se había quedado perdido en sus ensoñaciones, extraviado en el amor de Elizabeth la cual era la reina de aquella obscuridad moderna y ancestral que yacía a sus pies. De repente, apareció un Búho el cual sobrecogió un poco el ánimo del soñador, sacándole de sus cavilaciones. El animal era hermoso y sus ojos fascinadores dieron más notoriedad al manto de tinieblas que había descendido; Curioso le observaba Abel cuando he aquí que el Búho le quedo mirando fijamente a los ojos; Abel palideció, él no era supersticioso sin embargo éste hecho le hizo estremecerse; de improviso, el búho levantó el vuelo, posándose increíblemente cerca a él. El imperioso animal fijó su vista en la de su aterrado acompañante quien comenzó a sentir un hálito frio que le recorría cada una de las fibras del cuerpo, congelándole hasta los mismos huesos. Abel se preguntaba que significaba todo eso mientras comenzaba a sentir la necesidad de acercarse aun más a la criatura, percibiendo un aterrorizante magnetismo en sus ojos. Lentamente dio unos cuantos pasos, inclinó un poco su rostro el cual se topaba casi con el del búho, repentinamente el animal le habló, dijo una frase que sobrecogió su corazón; Abel retrocedió enfermizamente, sus ojos se desorbitaron, perdió todo control de sí mismo, lo último que percibió fue que tropezaba con la barda del mirador del reloj y que caía, pero no se precipitaba al suelo, en lugar de ver la ciudad contempló un inmenso túnel vertical, un abismo sin fondo, algo que lo devoraba; su caída parecía eterna, sus sentidos se desconectaron, vagó por quien sabe donde, quizá atravesando el mismo centro de la tierra, pasando al otro lado del mundo.
La caída de Abel no se detuvo hasta que un extraño ruido lo invadió, algo que crecía más y más; poco a poco su conciencia se recuperó y apareció tendido en el jardín externo de la edificación, rodeado de curiosos que lo observaban como un animal raro. Abel comenzó a moverse y se dio cuenta de que no tenia ni un hueso roto; Un muchacho se le acercó y comenzó a contarle lo sucedido, le dijo que mucha gente había escuchado a un loco gritar despavorido desde lo alto de la torre, luego se escucharon pasos desbocados por las escaleras, finalmente hizo su aparición un sujeto totalmente fuera de control, repitiendo enfermizamente una frase, el tipo parecía desfallecer de tanta insania, su cuerpo se derrumbó, convulsionó un buen rato para finalmente perder el conocimiento. Abel comenzó a recordar y mientras más evocaba, el sobresalto que lo invadía se incrementaba de una manera colosal; Recordó al Búho, lo espeluznante del espectáculo, los hechos comenzaron a articularse pero el colofón de aquel acontecimiento mostrabase esquivo, no podía recordar en su totalidad la frase que el muchacho mencionó, sólo vaguedades; pero la incertidumbre de Abel no duró mucho, el mismo chico que había contado el relato extrajo de uno de sus bolsillos un papel, había anotado la frase, la extendió en dirección a Abel quien tímidamente la tomó en sus manos, temía ver su contenido, pero su humana curiosidad se impuso al miedo, desdobló la hoja y contempló el mensaje, escrito en hermosas letras, decía: "MAÑANA TU VIDA, COMO TAL, DEJARA DE EXISTIR", acto seguido Abel volvió a desmayarse.
Los ojos del desdichado volvieron a abrirse a las 12 del mediodía del día siguiente, en la camilla de un hospital. Estaba ligeramente sedado para poder controlar una nueva crisis y evitar que cayera en más desvaríos. En su turbación, Abel recordaba la frase, maldijo al chico que le había entregado el papel y maldijo al mensajero, al siniestro animal, por el terrible final que le había vaticinado. Poco a poco se fue tranquilizando pero su miedo se transformó en expectativa pues se preguntaba como moriría. Se imaginaba víctima de un paro cardiaco, de un derrame cerebral, de una negligencia médica, quien sabe como terminaría su vida. Estuvo divagando hasta que dieron las seis de la tarde, a esa hora un doctor ingresó a la habitación acompañado de Elizabeth quien recién había sido autorizada para visitarlo; las lágrimas de la amada se derramaron por sus rosadas mejillas al punto que se abrazaba del caído enamorado quien se sentía de improviso recuperado de tanta enfermedad, ¡Sí!, el amor de ella le daba vida, sentía como si una inyección hubiera penetrado su espíritu, el vacío que lo poseyó se fue disolviendo en un torbellino de luz. El médico quedó contemplando la escena por un rato, luego se dirigió a Elizabeth y la llevó a la sala exterior. 20 minutos después, el doctor volvía a ingresar al cuarto y le comunicaba a Abel que podía irse, que lo que afrontó se trataba de un colapso nervioso para lo cual le recetó medicamentos a fin de controlar sus estados de alteración, además le brindó su número telefónico para enfrentar cualquier eventualidad.
Tiempo después, Abel y Elizabeth llegaban a su casa, donde ambos convivían; el aire del recinto dio mayores bríos al espíritu del joven pero todo eso se disolvió cuando el reloj de la sala emitió un lúgubre sonido, eran las nueve de la noche, el día no había terminado, la amenaza estaba latente. Abel se desplomó sobre un sillón y se quedo sentado, observando al terrible juez y verdugo el cual indicaría el momento del golpe final a su existir; furioso y aterrado, Abel contemplaba el reloj mientras que Elizabeth lo contemplaba a él, con lastima, con horror y con impotencia.
A las once de la noche, Elizabeth subió al segundo nivel donde se encontraban sus habitaciones. Abel siguió hipnotizado por las agujas de reloj y así continuó, extraviado en los minutos que corrían de una manera alocada, transcurriendo uno tras otro.
La locura se desató en el momento que la mente dejó el limbo en el que se hallaba. Abel reparó en el reloj, la máquina indicaba que faltaban tres minutos para las doce, sintió campanas celestiales en sus oídos, era el sonido de la vida que nuevamente lo inundaba, virtualmente había vencido el trágico presagio pues no faltaba nada para el fin del día funesto, entonces habría derrotado al destino; Comenzó a reírse, a saltar y a correr con extrema algarabía; subió las escaleras e ingresó en el cuarto donde yacía Elizabeth quien asustada se despertó, siendo tomada por Abel, furioso de alegría, quien la besó a más no poder, deseaba su cuerpo, estaba encendido de pasión y Elizabeth le correspondía y anhelaba que su querido amante le arrancara la ropa de una vez; Abel la levantó en sus brazos y salió de la habitación danzando, la vida estaba allí y nada la desterraría, ¡Nada!, y así continuó hasta que sin querer se posó en el borde de la escalera, justo cuando el último minuto del día expiraba; De pronto, quizá por el peso de Elizabeth, por un mal paso, por que tropezó con sus propios pies, Abel y su preciada carga cayeron y mientras caían, el reloj emitía las doce últimas y languidecientes campanadas que anunciaban el fin y, al ritmo de las mismas resonaban los cuerpos que se precipitaban al suelo. Las barandillas de la escalera sintieron un furioso impacto al igual que los peldaños, fue un brutal descenso, luego un ruido que imitó el quebrazón de una materia, huesos que se destrozaban, cavidad que dejaba salir un alma que abandonaba el mundo, llena de tristeza y dolor, un espíritu lastimero condenado por la locura y lo desconocido. Cuando aquel viaje llegó a su culminación, Abel logró incorporarse y lo último que vio fue el cuerpo de Elizabeth, sus ojos se nublaron mientras volvía a caer, precipitando su mente en un abismo sin fondo, aquel de la visión en el reloj, el abismo sin nombre llamado demencia.
Al día siguiente, la encargada del aseo de la casa hizo el macabro hallazgo, la policía llegó al lugar al igual que paramédicos y curiosos, Elizabeth se había roto el cuello en la caída, estaba muerta, Abel recibió fuertes impactos en su cabeza sin embargo había sobrevivido.
Cuando Abel volvió a abrir los ojos observó a un grupo de médicos que lo rodeaban y lo interrogaban, una lluvia de preguntas cayeron de improviso y entre ellas una decidió su destino. ¿CUAL ES SU NOMBRE? le dijeron, un silencio recorrió la sala y una lacónica respuesta se dejó escuchar: "NO LO SÉ", palabras seguidas por una tétrica y lúgubre carcajada.
A los dos días Abel fue enviado a un sanatorio mental. Llegó dando alaridos terribles, gritando todo tipo de cosas sin sentido, lanzando insultos y sonidos incomprensibles a manera de gruñidos; Los médicos afirmaban que el accidente, el golpe y las circunstancias que rodearon el hecho, originaron esa psicosis que afrontaba.
Algo llamativo que rodeaba la estadía de Abel en aquel hospital era que al inicio del expirar diurno, aproximadamente las 6 y media de la tarde, tiempo en el que deambulaba por el “patio de distracción”, todos sus delirios desaparecían – momentáneamente -, tranquilizando su ánimo, logrando una pizca de la paz que tanto anhelaba; Aquel episodio era atestiguado por un gran número de búhos quienes rodeaban al enfermo mientras él se quedaba observándolos a los ojos; parecía que ellos, de cuando en cuando, le miraban de manera maliciosa como testimoniaban algunos enfermeros pero los médicos lo tomaron como una simple sugestión colectiva.
En medio de toda aquella confusión, Abel poseía una única certeza, sabía que el mensajero de su destino tuvo toda la razón; el día indicado él dejó de existir, ya no era más, ¿Quién era?, no lo sabía o no quería saberlo, prefería seguir perdido en medio de aquellos animales cuyos rostros, en ocasiones, parecía que le devolvían a alguien familiar, irradiando un poco de paz en el infierno al cual estaba condenado.
Desde una ventana del sanatorio, el médico de turno contemplaba al loco y se reía de manera burlona mientras lo observaba rodeado de animales nocturnos. El doctor se dirigió a su escritorio y de allí extrajo uno de sus libros favoritos para matar el rato, ese día había llevado a su poeta preferido; Con el libro en la mano, se volvió a ubicar al lado de la ventana, dispusose a leer un poema que le atraía demasiado pero en ese momento notó que Abel lo estaba mirando, extrañamente lanzó el libro hacía el pobre demente quien lo cogió y comenzó a ojearlo. El médico esbozo una maquiavélica sonrisa y se alejó de la ventana.
Sin otro humano en aquel patio repleto de sombras, Abel se sentó en el suelo y comenzó a leer para sí, para cuando terminó una hoja, volvió la vista a su alrededor, sus nocturnos amigos le clavaban sus miradas; Abel se quedó un momento en silencio, luego dijo.
- Perdonad mi descortesía, no he querido ofenderos.
Abel comenzó a leer en voz alta ante su peculiar público, leyó con pasión y entrega, fueron minutos furibundos, luego el poema terminó con la siguiente frase:
- ¡Nunca Más!
Abel sintió regocijo y parecía que sus visitantes reflejaban lo mismo en sus ojos. Quizá esa última frase, eje de aquel poema, sería el símbolo del fin. Nunca más recuperaría la cordura. Nunca más saldría del abismo en el cual continuaba cayendo. Nunca más es la vida misma.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
lunes, 24 de diciembre de 2007
PARANOIDEA
PARANOIDEA
Dedicado a la memoria de Charles Baudelaire y Edgar Allan Poe
I
Bruno, aquel cuyos delirios son sus más crueles carceleros, preguntabase acerca de la vida y de sus dones y maldiciones; Hoy no había sido un buen día, sus arrebatos de locura lo consumían diariamente debido a su perturbada personalidad. Las visitas al psiquiatra eran en vano, hallábase condenado a convivir con los fantasmas de su pasado quienes diariamente, a la hora señalada, caían como abejas asesinas, picándole, hiriendo su alicaída psique hasta llegar al borde del suicidio.
Muchas veces la idea le daba vueltas en su cabeza, tomar algún instrumento con el cual daría un final apoteósico a su ya conflictiva existencia. El descanso eterno era quizá el único medio para alcanzar la paz.
Sentado en su escritorio, observando a través de la ventana a la gente que pasaba, Bruno se preguntaba que estarían pensando de él; parecía que algunos volteaban como si lo estuvieran buscando, como si supieran que dentro de esa casa tan extraña y alicaída existía un ser que los estudiaba, alguien que consideraba al resto de las personas como lo que eran, simples conejillos de indias solamente un poco más evolucionados.
El reloj no paraba su marcha, su infernal Tic tac tornose insoportable, el ruido tan molesto se convirtió en pesados mazos que destruían eternos yunques hechos del metal más duro de la creación. La situación en la casa era demasiado insoportable. La gente seguía pasando pero ya habían perdido interés, sólo eran monigotes presas del tedio y de la sin razón. El aburrimiento se apoderó de Bruno, incómodo y molesto, inconforme, comenzó a preguntarse acerca del sentido de la vida y de cómo el tiempo galopa a todo poder, aplastando las cabezas de aquellos que no lo vieron venir.
Todas esas elucubraciones terminaron por decidir a Bruno acerca de su siguiente acto; cogió una vieja chaqueta negra y se dirigió a la calle.
La selva moderna repleta de bestias y animales ponzoñosos despertaba el terror en Bruno, tanto así que debía salir usando alguna prenda o adorno que le sirviera de amuleto para poder disminuir la tensión; Ese día llevaba un extraño “pulserín” hecho de piedras obscuras, ennegrecidas por alguna técnica que desconocía, quizá fue obra de brujería o de algún proceso secreto que tarde o temprano será revelado.
En medio de un parque bastante concurrido, Bruno observaba a los niños, jóvenes, adultos y ancianos que concurrían en busca de diversión, de pronto reparó en una joven de cabello corto, delgada y blanca; Bruno percibía que aquel ser demostraba curiosidad hacia su persona; Halagado por aquellos gestos, comenzó a adoptar ciertas poses que buscaban explotar su atractivo pero que sin embargo sólo dejaban en él la idea de la ridiculez. Bruno se sintió avergonzado por tanta pose, pareció advertir una sonrisa de burla en la joven, vio como ella se acercaba a un grupo de amigas, hablando en secreto, luego rompía en escandalosas carcajadas; Cuanto no habría dado Bruno por poder leer la mente para enterarse de lo que aquellas decían.
Extrañas teorías destruyeron la fantasía de cuento de hadas, que en un principio construía para con la joven, reduciéndola a un aberrante paisaje en donde él era objeto del escarnio producido por voces y miradas de adolescentes sin compasión que buscaban reducirlo a cenizas; El eco de las risas le pareció demasiado intenso, tanto que tuvo que taparse los oídos pero aun así aquellas voces continuaban atormentándole, era algo que no podía tolerarse.
Las personas del parque se divertían a sus anchas, en eso una bella joven reparó en un chico que se retiraba, mirándola y luego volviéndose rápidamente hacia otro lugar, tenía las manos que le cubrían los oídos; la curiosidad hacia él habíase despertado desde un buen rato, sin embargo el chico parecía demasiado tímido, sus amigas también lo notaron pero estaban más interesadas en burlarse de otros amigos y de las historias que recordaban; la joven quedose con la duda, queriendo saber quien era aquel que había estado tan lejos y tan cerca de ella.
Bruno llegó a su casa desesperado, las voces continuaban en su cabeza, las imágenes se sucedían una tras otra, no podía detener los pensamientos de acoso, de escarnio, los insultos, la reducción a pequeñas partículas asquerosas y repulsivas para el género humano; En su imaginación, la apariencia de la joven del parque se transfiguró en un extraño demonio que lo atormentaba con su escudriñadora mirada la cual penetraba y deshacía cada uno de sus órganos, en especial su corazón.
Los caminos de la vida parecen insospechados, laberinticos, recuerdan la forma del cerebro y sus peculiares circunvoluciones y áreas, todas ellas arrugadas, pliegues que traen a la fantasía la idea de un mundo confuso que lleva por muchas sendas las cuales encierran una parte del secreto de la vida.
Bruno se debatía en medio de éste secretismo, de esa vida repleta de callejones sin salida y de puertas falsas, de pronto recordó una de las indicaciones de su último terapeuta, quien le había dicho que el escribir constituía un buen remedio para las penas, una forma de exteriorizar los miedos y las esperanzas.
La necesidad de desfogue colmó a Bruno, su ataque era demasiado intenso; comenzó a escuchar ruidos en el suelo, como si fueran toquidos de puerta; rasguños en las paredes, como si estas aprisionaran bestias hambrientas y salvajes; latidos por todos lados, como si la casa estuviera viva, presta a transformarse en un monstruo que lo aprisionaría en medio de sus putrefactas entrañas. Bruno recordó algunas cosas escritas por autores que antes eran sus preferidos, sus delirios comenzaron a darle más material, corrió a su escritorio, sacó una hoja y lápiz, comenzó a escribir algo. Media hora después leía en voz alta su poema.
PARANOIDEA
Vulgares voces me devoran,
Siento el aliento de la muerte,
bestial sofocación,
Apartándome de las flores de tu alma,
Marchitándolas, dejándolas hediondas,
Revelando tu ser a mis sentidos.
Un montón de escoria
adornada con una bella careta;
Ahora puedo ver lo que realmente eres.
Deja ya de torturarme
con esa estúpida mirada,
Eres sólo un pináculo de basura
En la que desfogare
mis más lujuriosos pensamientos.
En la putrefacción conseguiré paz,
Aquella que me ha abandonado,
Despertando terribles espectros
Que golpean por todos lados
Sin cesar ni descansar;
Anhelan llegar a mí,
Hacerme pedazos,
Arrancarme el alma
para luego devorarla.
Desdichado soy ante
aquella fuerza sin nombre,
Fantasmas y diablos
que ahora te gobiernan,
Siendo tú su instrumento
Para darme el golpe de gracia;
Eres tú y a la vez no.
No se que pasa,
Por un momento el mundo se me revela,
Pero ahora no hay nada,
Solo silencio transfigurado en odio.
El mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
Que e……………..
En ese momento, un extraño bloqueo cerró la mente del autor, sumiéndolo en un vacío del cual no podía salir, por más esfuerzos que hacía. Las voces, congregadas a su alrededor, continuaban gritándole y espetándole cantidad de insultos e improperios. Los ojos de Bruno se llenaron de lágrimas, ya no podía soportar aquello, ni siquiera era capaz de escribir algunas líneas pues aquel remolino de pensamientos destruía la poca cordura que le quedaba. El refugio no existe en la mente del desdichado, condenado a ser él mismo, sujeto al autojuicio proyectado en las voces de censores externos que lo convierten en un simple guiñapo humano. Bruno se encontraba sin poder resolver el final de su poema, metáfora de su propia vida sin salidas. La cabeza se rindió y cayó sobre los brazos, sepultándose en el frio mantel de la mesa. Bruno trataba de esconderse de la existencia, buscando escarbar en la madera del mueble para poder hallar una salida. La puerta de la calle se abrió, era la familia que regresaba de un paseo, sin darse cuenta eran casi las 7 de la noche, afuera el velo de las tinieblas cubría los restos de civilización llamada ciudad. Los padres y los hermanos de Bruno se quedaron mirándole, algo de su aspecto llamaba mucho la atención; él los observó, era lo único que podía hacer, su boca no pronunciaba palabra alguna, habría querido suplicarles, pedirle a aquellos que supuestamente lo amaban que lo ayudaran, que lo acogieran, que velaran por él, que lo salvaran de aquellos torturadores que lo reducían a una nada humana, pero luego creyó notar algo, una frialdad que corroía sus huesos, su propia familia lo despreciaba, creyó escuchar frases como: ¡Esta basura esta nuevamente en crisis!, ¡Deberíamos enviarlo a un manicomio!, ¡Ni siquiera sirves como hijo o hermano!, Bruno no pudo soportar aquello, salió corriendo, atropellando a sus padres quienes no pudieron detenerlo. En la calle se oye un freno intempestivo y un grito agudo que remece el corazón, voces que se agolpan por doquier. En la mesa, Richard, uno de los hermanos de Bruno, suelta el papel con la poesía, lo que ha ocurrido es algo que recordarán por el resto de sus vidas.
II
La madre era un torrente de lágrimas, el padre aparentaba fortaleza, los hermanos sufrían a su manera, aquella no era una mañana común, debían recoger el cuerpo de quien en vida fue Bruno.
El velorio fue un patético episodio al igual que el entierro, el mundo había cambiado para aquella familia. Luego de que todo terminó permanecieron silentes, encadenados al dolor; En un rincón, Richard pensaba en las letras que había dejado su hermano como último testimonio de su existencia, allí estaban nuevamente, aquella labor interrumpida por la Parca. Richard vio nacer la disposición de terminar con aquello que Bruno había dejado inconcluso, lo haría al día siguiente.
El transcurrir de un día a otro fue casi instantáneo, repentinamente eran las 6 de la tarde del día siguiente, Richard estaba hecho un sinfín de ideas, posibilidades para culminar el poema de su hermano, parecía medio obsesionado con aquello. Un grito remeció la casa, el padre y la madre corrieron presurosos - temerosos de una nueva desgracia -, los hermanos salieron de sus cuartos, todos se dirigieron a la sala, allí encontraron a un joven cuya faz era el retrato del miedo mismo, estaba caído y con su dedo pulgar señalaba a la mesa donde estaba un papel, el padre se acercó y lo cogió.
Inconcluso, inconcluso, inconcluso – repetía Richard.
El padre observó a su hijo, resignado pensó que quizá era el comienzo pero esta vez sería diferente a lo que le ocurrió con Bruno, no se permitiría perder otro hijo.
El papel resbaló de las manos del hombre quien junto a su familia levantaron al caído y lo consolaron.
En el suelo estaba un poema, lo extraño era que aquel texto debía estar incompleto, sin embargo no era así, las últimas frases estaban escritas con una tinta roja intensa, el papel estaba manchado con tierra, huellas de dedos que habían manipulado el suelo, un olor hediondo despedían aquellos rastros. El padre no le dio importancia a aquello, su atención estaba enfocada ahora en su otro hijo.
Las últimas frases del poema decían:
Pero ahora no hay nada
Solo silencio transfigurado en odio,
el mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
¿Que es aquello?¿Una puerta?
Vigilada por bestias que impiden mi paso a la gracia,
Cuya mirada convierte lo sublime en putridez,
Quiera mi alma no caer en sus garras.
Todos deben morir, pero para ello
Antes que todo, yo debo hacerlo,
Es el precio para pasar por esa puerta.
¡Adios dulce amor!, te esperare en el infierno,
Separándote un lugar
En el campo de los lujuriosos.
El papel seguía en el suelo mientras la familia acogía al hermano de Bruno, pero aquel lo único que escuchaba eran frases enmascaradas que ocultaban el odio que aquellos sentían. Un velo de sombra descendió sobre su consciencia mientras el amor de sus seres queridos transformabase en suspicacia; A lo lejos creyó escuchar un llanto transfigurado en risa histérica.
Por la noche, Richard se sentó en la soledad de su alcoba, sus padres se habían ido ya, dejando de importunarlo; Comenzó a escribir las páginas de un diario, quiso darle un titulo pero desistió.
- La locura no necesita nombre para existir – pensó Richard.
En la otra alcoba, el padre musitaba: Otra vez no, otro hijo no.
En la sala, el poema de Bruno yacía abandonado como abandonada estaba la humanidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
Dedicado a la memoria de Charles Baudelaire y Edgar Allan Poe
I
Bruno, aquel cuyos delirios son sus más crueles carceleros, preguntabase acerca de la vida y de sus dones y maldiciones; Hoy no había sido un buen día, sus arrebatos de locura lo consumían diariamente debido a su perturbada personalidad. Las visitas al psiquiatra eran en vano, hallábase condenado a convivir con los fantasmas de su pasado quienes diariamente, a la hora señalada, caían como abejas asesinas, picándole, hiriendo su alicaída psique hasta llegar al borde del suicidio.
Muchas veces la idea le daba vueltas en su cabeza, tomar algún instrumento con el cual daría un final apoteósico a su ya conflictiva existencia. El descanso eterno era quizá el único medio para alcanzar la paz.
Sentado en su escritorio, observando a través de la ventana a la gente que pasaba, Bruno se preguntaba que estarían pensando de él; parecía que algunos volteaban como si lo estuvieran buscando, como si supieran que dentro de esa casa tan extraña y alicaída existía un ser que los estudiaba, alguien que consideraba al resto de las personas como lo que eran, simples conejillos de indias solamente un poco más evolucionados.
El reloj no paraba su marcha, su infernal Tic tac tornose insoportable, el ruido tan molesto se convirtió en pesados mazos que destruían eternos yunques hechos del metal más duro de la creación. La situación en la casa era demasiado insoportable. La gente seguía pasando pero ya habían perdido interés, sólo eran monigotes presas del tedio y de la sin razón. El aburrimiento se apoderó de Bruno, incómodo y molesto, inconforme, comenzó a preguntarse acerca del sentido de la vida y de cómo el tiempo galopa a todo poder, aplastando las cabezas de aquellos que no lo vieron venir.
Todas esas elucubraciones terminaron por decidir a Bruno acerca de su siguiente acto; cogió una vieja chaqueta negra y se dirigió a la calle.
La selva moderna repleta de bestias y animales ponzoñosos despertaba el terror en Bruno, tanto así que debía salir usando alguna prenda o adorno que le sirviera de amuleto para poder disminuir la tensión; Ese día llevaba un extraño “pulserín” hecho de piedras obscuras, ennegrecidas por alguna técnica que desconocía, quizá fue obra de brujería o de algún proceso secreto que tarde o temprano será revelado.
En medio de un parque bastante concurrido, Bruno observaba a los niños, jóvenes, adultos y ancianos que concurrían en busca de diversión, de pronto reparó en una joven de cabello corto, delgada y blanca; Bruno percibía que aquel ser demostraba curiosidad hacia su persona; Halagado por aquellos gestos, comenzó a adoptar ciertas poses que buscaban explotar su atractivo pero que sin embargo sólo dejaban en él la idea de la ridiculez. Bruno se sintió avergonzado por tanta pose, pareció advertir una sonrisa de burla en la joven, vio como ella se acercaba a un grupo de amigas, hablando en secreto, luego rompía en escandalosas carcajadas; Cuanto no habría dado Bruno por poder leer la mente para enterarse de lo que aquellas decían.
Extrañas teorías destruyeron la fantasía de cuento de hadas, que en un principio construía para con la joven, reduciéndola a un aberrante paisaje en donde él era objeto del escarnio producido por voces y miradas de adolescentes sin compasión que buscaban reducirlo a cenizas; El eco de las risas le pareció demasiado intenso, tanto que tuvo que taparse los oídos pero aun así aquellas voces continuaban atormentándole, era algo que no podía tolerarse.
Las personas del parque se divertían a sus anchas, en eso una bella joven reparó en un chico que se retiraba, mirándola y luego volviéndose rápidamente hacia otro lugar, tenía las manos que le cubrían los oídos; la curiosidad hacia él habíase despertado desde un buen rato, sin embargo el chico parecía demasiado tímido, sus amigas también lo notaron pero estaban más interesadas en burlarse de otros amigos y de las historias que recordaban; la joven quedose con la duda, queriendo saber quien era aquel que había estado tan lejos y tan cerca de ella.
Bruno llegó a su casa desesperado, las voces continuaban en su cabeza, las imágenes se sucedían una tras otra, no podía detener los pensamientos de acoso, de escarnio, los insultos, la reducción a pequeñas partículas asquerosas y repulsivas para el género humano; En su imaginación, la apariencia de la joven del parque se transfiguró en un extraño demonio que lo atormentaba con su escudriñadora mirada la cual penetraba y deshacía cada uno de sus órganos, en especial su corazón.
Los caminos de la vida parecen insospechados, laberinticos, recuerdan la forma del cerebro y sus peculiares circunvoluciones y áreas, todas ellas arrugadas, pliegues que traen a la fantasía la idea de un mundo confuso que lleva por muchas sendas las cuales encierran una parte del secreto de la vida.
Bruno se debatía en medio de éste secretismo, de esa vida repleta de callejones sin salida y de puertas falsas, de pronto recordó una de las indicaciones de su último terapeuta, quien le había dicho que el escribir constituía un buen remedio para las penas, una forma de exteriorizar los miedos y las esperanzas.
La necesidad de desfogue colmó a Bruno, su ataque era demasiado intenso; comenzó a escuchar ruidos en el suelo, como si fueran toquidos de puerta; rasguños en las paredes, como si estas aprisionaran bestias hambrientas y salvajes; latidos por todos lados, como si la casa estuviera viva, presta a transformarse en un monstruo que lo aprisionaría en medio de sus putrefactas entrañas. Bruno recordó algunas cosas escritas por autores que antes eran sus preferidos, sus delirios comenzaron a darle más material, corrió a su escritorio, sacó una hoja y lápiz, comenzó a escribir algo. Media hora después leía en voz alta su poema.
PARANOIDEA
Vulgares voces me devoran,
Siento el aliento de la muerte,
bestial sofocación,
Apartándome de las flores de tu alma,
Marchitándolas, dejándolas hediondas,
Revelando tu ser a mis sentidos.
Un montón de escoria
adornada con una bella careta;
Ahora puedo ver lo que realmente eres.
Deja ya de torturarme
con esa estúpida mirada,
Eres sólo un pináculo de basura
En la que desfogare
mis más lujuriosos pensamientos.
En la putrefacción conseguiré paz,
Aquella que me ha abandonado,
Despertando terribles espectros
Que golpean por todos lados
Sin cesar ni descansar;
Anhelan llegar a mí,
Hacerme pedazos,
Arrancarme el alma
para luego devorarla.
Desdichado soy ante
aquella fuerza sin nombre,
Fantasmas y diablos
que ahora te gobiernan,
Siendo tú su instrumento
Para darme el golpe de gracia;
Eres tú y a la vez no.
No se que pasa,
Por un momento el mundo se me revela,
Pero ahora no hay nada,
Solo silencio transfigurado en odio.
El mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
Que e……………..
En ese momento, un extraño bloqueo cerró la mente del autor, sumiéndolo en un vacío del cual no podía salir, por más esfuerzos que hacía. Las voces, congregadas a su alrededor, continuaban gritándole y espetándole cantidad de insultos e improperios. Los ojos de Bruno se llenaron de lágrimas, ya no podía soportar aquello, ni siquiera era capaz de escribir algunas líneas pues aquel remolino de pensamientos destruía la poca cordura que le quedaba. El refugio no existe en la mente del desdichado, condenado a ser él mismo, sujeto al autojuicio proyectado en las voces de censores externos que lo convierten en un simple guiñapo humano. Bruno se encontraba sin poder resolver el final de su poema, metáfora de su propia vida sin salidas. La cabeza se rindió y cayó sobre los brazos, sepultándose en el frio mantel de la mesa. Bruno trataba de esconderse de la existencia, buscando escarbar en la madera del mueble para poder hallar una salida. La puerta de la calle se abrió, era la familia que regresaba de un paseo, sin darse cuenta eran casi las 7 de la noche, afuera el velo de las tinieblas cubría los restos de civilización llamada ciudad. Los padres y los hermanos de Bruno se quedaron mirándole, algo de su aspecto llamaba mucho la atención; él los observó, era lo único que podía hacer, su boca no pronunciaba palabra alguna, habría querido suplicarles, pedirle a aquellos que supuestamente lo amaban que lo ayudaran, que lo acogieran, que velaran por él, que lo salvaran de aquellos torturadores que lo reducían a una nada humana, pero luego creyó notar algo, una frialdad que corroía sus huesos, su propia familia lo despreciaba, creyó escuchar frases como: ¡Esta basura esta nuevamente en crisis!, ¡Deberíamos enviarlo a un manicomio!, ¡Ni siquiera sirves como hijo o hermano!, Bruno no pudo soportar aquello, salió corriendo, atropellando a sus padres quienes no pudieron detenerlo. En la calle se oye un freno intempestivo y un grito agudo que remece el corazón, voces que se agolpan por doquier. En la mesa, Richard, uno de los hermanos de Bruno, suelta el papel con la poesía, lo que ha ocurrido es algo que recordarán por el resto de sus vidas.
II
La madre era un torrente de lágrimas, el padre aparentaba fortaleza, los hermanos sufrían a su manera, aquella no era una mañana común, debían recoger el cuerpo de quien en vida fue Bruno.
El velorio fue un patético episodio al igual que el entierro, el mundo había cambiado para aquella familia. Luego de que todo terminó permanecieron silentes, encadenados al dolor; En un rincón, Richard pensaba en las letras que había dejado su hermano como último testimonio de su existencia, allí estaban nuevamente, aquella labor interrumpida por la Parca. Richard vio nacer la disposición de terminar con aquello que Bruno había dejado inconcluso, lo haría al día siguiente.
El transcurrir de un día a otro fue casi instantáneo, repentinamente eran las 6 de la tarde del día siguiente, Richard estaba hecho un sinfín de ideas, posibilidades para culminar el poema de su hermano, parecía medio obsesionado con aquello. Un grito remeció la casa, el padre y la madre corrieron presurosos - temerosos de una nueva desgracia -, los hermanos salieron de sus cuartos, todos se dirigieron a la sala, allí encontraron a un joven cuya faz era el retrato del miedo mismo, estaba caído y con su dedo pulgar señalaba a la mesa donde estaba un papel, el padre se acercó y lo cogió.
Inconcluso, inconcluso, inconcluso – repetía Richard.
El padre observó a su hijo, resignado pensó que quizá era el comienzo pero esta vez sería diferente a lo que le ocurrió con Bruno, no se permitiría perder otro hijo.
El papel resbaló de las manos del hombre quien junto a su familia levantaron al caído y lo consolaron.
En el suelo estaba un poema, lo extraño era que aquel texto debía estar incompleto, sin embargo no era así, las últimas frases estaban escritas con una tinta roja intensa, el papel estaba manchado con tierra, huellas de dedos que habían manipulado el suelo, un olor hediondo despedían aquellos rastros. El padre no le dio importancia a aquello, su atención estaba enfocada ahora en su otro hijo.
Las últimas frases del poema decían:
Pero ahora no hay nada
Solo silencio transfigurado en odio,
el mundo se viene sobre mí, me vigila
Pero no hay mundo, no lo veo
¿Que es aquello?¿Una puerta?
Vigilada por bestias que impiden mi paso a la gracia,
Cuya mirada convierte lo sublime en putridez,
Quiera mi alma no caer en sus garras.
Todos deben morir, pero para ello
Antes que todo, yo debo hacerlo,
Es el precio para pasar por esa puerta.
¡Adios dulce amor!, te esperare en el infierno,
Separándote un lugar
En el campo de los lujuriosos.
El papel seguía en el suelo mientras la familia acogía al hermano de Bruno, pero aquel lo único que escuchaba eran frases enmascaradas que ocultaban el odio que aquellos sentían. Un velo de sombra descendió sobre su consciencia mientras el amor de sus seres queridos transformabase en suspicacia; A lo lejos creyó escuchar un llanto transfigurado en risa histérica.
Por la noche, Richard se sentó en la soledad de su alcoba, sus padres se habían ido ya, dejando de importunarlo; Comenzó a escribir las páginas de un diario, quiso darle un titulo pero desistió.
- La locura no necesita nombre para existir – pensó Richard.
En la otra alcoba, el padre musitaba: Otra vez no, otro hijo no.
En la sala, el poema de Bruno yacía abandonado como abandonada estaba la humanidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
LOS ROSTROS DEL ESPEJO
LOS ROSTROS DEL ESPEJO
Augusto estaba en silencio, contemplando su imagen reflejada en un gran espejo, una preciosa antigüedad adornada con un exquisito marco el cual estaba coronado con la figura de un ángel. Silencioso se mostraba el joven cuando el telón se levantó y se vio ante un gran número de personas quienes rompieron en aplausos como señal de bienvenida al acto que se iba a realizar. Augusto observó al público, habían muchos rostros conocidos, en primera fila pudo distinguir a su “querida” madre y a su hermana mayor; Contemplaba esos rostros a medida que el sinfín de aplausos continuaba su marcha hasta que estos lentamente se fueron extinguiendo. Un silencio cayó sobre todos, expectantes por la primera frase que daría inicio al diálogo, parte de una obra que el mismo Augusto había escrito luego de una semana de ensimismamiento, de encierro y de angustia; una obra escrita por sí mismo para él mismo, donde no había cabida para otros seres, pues sólo Augusto poblaría éste espacio y tiempo. Allí estaba él, silencioso, su cabeza estaba estática, un eterno momento comenzó a dibujarse, ¿Cuándo terminaría? El actor se sentía perdido, con miedo, un pavor a las personas se instaló en su mente, sentía como sus brazos y piernas incrementaban su peso, una rigidez destructiva le corroía la creatividad. Detenido en el tiempo, Augusto no atinaba a hacer ni decir nada, un murmullo creció dentro del público, parecía que de un momento a otro se iba a desatar un alboroto, la madre y la hermana mayor comenzaron a preocuparse por el impávido joven que parecía no mostrar señales de vida. Augusto tornaba hacia el espejo, único mobiliario instalado en escena, no miraba al público, únicamente contemplaba su propia imagen, en espera de algo que debía suceder de un momento a otro; Por la mente del actor comenzaron a pasar un sinnúmero de hechos, un aluvión de sucesos que lo habían atormentado desde joven; En cuestión de minutos pudo ver su vida desfilar ante él, como si la superficie biselada de aquella cosa le sirviera de pantalla, recordó que muchos moribundos ven su vida pasar antes de abandonar el mundo de los vivos.
Augusto pudo ver a su padre morir asesinado en una noche obscura y terrible, rodeada por una espeluznante tormenta; pudo ver el refugio de su madre en la Iglesia, una debacle espiritual, un terror universal desatado en ella hacia el cual fue arrastrada su hermana mayor; pudo ver como era educado, sembrándose en él la semilla del miedo, del repudio al mundo, de la necesidad de enderezar el mismo y de condenarlo al unísono; pudo ver los años en los cuales fue sumido en el tormento de la falsa fe, la charlatanería, la falsedad disfrazada con rostro de bondad, en fin, el mundo social en el que fue criado, interiorizado en su mente, expectorado en forma de entidades terribles. Aquel infierno habría destruido y sojuzgado el alma del joven si es que no se hubiese presentado el siguiente acontecimiento, la llegada de un teatro ambulante que estuvo por una semana en el pueblo. La magia de los actores, la belleza de las obras (Clásicas y Nuevas), la fuerza de la interpretación, todo ese universo de novedad cautivó el corazón del Augusto, atrapándolo para sí en el hermoso mundo de la actuación; allí pudo ver el sufrimiento, la ira, la cólera, pero también el amor, la pasión, la caridad, la nobleza; Sentimientos contrarios pero hermanados en el arte. La fascinación hizo presa del alma de Augusto, poco le faltó para huir y convertirse en miembro de esa comunidad cuyo estilo de vida le había hecho abrazar, anhelante, ideas de libertad, fuera de aquel círculo vicioso en el cual sobrevivía, sin embargo las ataduras creadas en él fueron tan duras que ni sus más caras aspiraciones pudieron con ellas, así pudo ver como esos inocentes seres eran casi expulsados por las personas decentes y morales del pueblo, liderados por su madre, quienes veían en los actores fuente de disturbios y de corrupción, de un atentado contra los valores y creencias conservadoras que aun se mantenían con vida en ese bastión que significaba el pueblo donde él habitaba. Esa noche aciaga, Augusto lloró de ira e impotencia, sin embargo la llama de la actuación no murió con eso, aun se mantenía débilmente encendida.
Un par de meses después de la partida de los actores vagabundos, la iglesia del lugar convocó a su propio grupo de teatro, Augusto palideció de gozo, luchó contra su familia hasta que al fin integró el elenco de la primera obra que se montó. Radiante fue ese día, hermosa la sensación del inicio y del final de aquella porción de vida que él representó, su magnífica actuación fascinó a muchos, incluso a su madre y hermana quienes extrañamente lucieron orgullosas de él. Augusto terminó satisfecho, radiante de alegría se dirigió a su camerino improvisado y allí estuvo, su estancia fue casi eterna, para cuando uno de sus compañeros fue a buscarlo éste lo encontró asustado, sin poder moverse, sus ojos fijos, como si estuvieran a punto de ser arrebatados de este mundo, fijos en el espejo que contemplaba.
Augusto recordó éste día como el comienzo de todo lo que encaraba ahora. Luego de aquel episodio, una extraña obsesión lo poseyó, deseó crear una obra, algo en lo cual se plasmaran las pasiones, defectos y virtudes del ser humano, un pequeño compendio de lo que era realmente existir. La profundidad de sus planes sorprendió a muchos, algunos cuestionaron el tema, pero los vecinos notables y la Iglesia misma aprobaron finalmente la representación pues pensaban utilizar todo esto como un llamado de atención a la gente, como una muestra de lo débil que es la carne en sí y de como es importante el fortalecer la comunidad y la moralidad, sustentadas en la fe y en la religión.
Augusto recordaba como se sumió en una agonía terrible a medida que trataba de componer la obra, recordaba que pasaba horas y horas frente al espejo, recordaba la expresión espeluznante de su madre cuando horrorizada contemplaba la mirada insana de su hijo, debatiéndose con el demonio espectral que le era reflejado; recordaba comentarios que decían que en ocasiones sus facciones se contraían y que ya no era el mismo, asemejaba no una sino varias personas diferentes.
Ahora él estaba frente a todo esa manada, en silencio, contemplando el gran espejo, sentía la incomodidad de muchos pero eso no importaba ya, sus ojos se iluminaron, su boca se abrió y comenzó el espectáculo.
Las palabras fluían, Augusto hablaba sobre lo hermoso de la vida, sobre lo bello que a veces se muestra la existencia. Su personaje era similar a él y por ese conducto habló de su propia vida, de los miedos y terrores que lo asaltaban pero también habló del refugio al que acudía en esos momentos aciagos el cual era la protección de su querida madre así como el apego y el cariño que sentía hacia su hermana, palabras mágicas que inflaron el ego de aquellas, pero en ese momento el rostro de Augusto cambió, se tornó grotesco, comenzó a mostrar repugnancia hacia los que le observaban, insultó a más no poder, se burló de todo y de todos, blasfemaba ardientemente, algunos se mostraron estupefactos, otros lo consideraban como parte de la obra misma.
El diálogo se volvió más crudo, Augusto alababa lo ruin, se vanagloriaba de deseos impuros, de pasiones y torrentes lujuriosos, ardía en una atracción hacia lo repulsivo, fantasías enfermas lo abordaban y luego de sus declaraciones reía a más no poder.
Los cambios se sucedían en la representación; De lo visceral, Augusto pasaba a una interpretación repleta de culpa, su discurso cambiaba, se transformaba de una expresividad depravada a una agonía acusadora y nefasta que se hundía en el corazón de los presentes; se lanzaba en una serie de cuestionamientos hacia la moral de aquellos que se decían gente correcta pero que en el fondo anidaban deseos similares a los expuestos por el personaje, en la parte anterior de la obra; Sus palabras eran espadas y lanzas que atravesaban a más no poder a aquellos de los asistentes que parecían verse aludidos o representados.
Augusto aparecía transfigurado como si en ese día todo lo humano, lo conocido y lo desconocido, se hubieran hecho presentes, poseyendo al actor, despertándose su humanidad en pleno a fin de revelarse al mundo. Uno a uno desfilaron los aspectos de su persona. Augusto era el espejo de la humanidad y su boca clamaba un espantoso reclamo; el tono de su voz cambiaba constantemente, algunas veces fuerte, otras temeroso, asustado, otras seductor, otras duro y acusador, otras suplicante; La voz del miedo, de la lujuria, de la comprensión, alternaban una tras de otra seguidas sin cesar por muchas otras voces. Su humanidad se tornaba en rebelión contra el tormento y el yugo que la atenazaba reprimiendo su autenticidad. Un duelo existencial, una parodia, una dicha, un sufrir, la vida misma en sí encerrada en una obra de teatro en fin.
Terminada ésta locura, Augusto estaba listo para la conclusión, encaró al espejo violentamente y lo llenó de insultos y de alabanzas, lo calificó de su infierno y de su purgatorio, de su paraíso maldito, su abismo personal en el cual caía eternamente; Sus ojos se tornaron con violencia hacia la gente, observó a su madre con ira, malicia, luego a sí mismo dentro del espejo, pero ¿Qué era lo que veía?, solamente bestias inconmensurables que habitaban ese lugar, bestias que estaban atormentándolo, que le habían abierto los ojos; sus gritos se hicieron insoportables, la madre desesperada se arrojó al suelo llorando, la hermana la socorría, luego contemplaron a Augusto o mas bien a la criatura que estaba en frente de ellas; el público se alteraba aun más, la obra que habían ido a ver convirtiose en una degeneración que golpeaba a cada uno de los asistentes; el océano de hipocresía se vio agitado por palabras que desataban tormentas en aquel mundo de falsedad, herido, un dolor que nadie quería reconocer ni afrontar.
Un impulso violento hacia Augusto se anidaba en el corazón de los presentes mientras tanto el joven actor se enardecía aun más, su furia iba hacia el interior del espejo y también para con los espectadores de su patética vida, la obra fue un pretexto para encararlos, para tener el valor de enfrentar su realidad; poseído, cerró violentamente uno de sus puños y descargó un terrible golpe contra el espejo, un grito invadió todo el recinto, un alarido de dolor, Augusto sintió que su corazón había sido alcanzado por un terrible rayo, sintió que se desvanecía por dentro, sus ojos palidecían ante una visión que se apoderaba de él; un campo se tornó ante su vista y muchos seres lo esperaban, satisfechos, él los entendía, los comprendía, por primera vez entendía todo, su alegría creció aun más pues en ese grupo le pareció ver unos ojos conocidos, los ojos de su padre, una mirada limpia, diríase de perdón.
En el escenario, las personas se abalanzaron hacia un cuerpo desvanecido, la madre fue hacia él pero no pudo acercarse, palideció, contemplaba un rostro desencajado en el cual el terror había dejado sus huellas, pero por extraño que pareciera, los ojos de Augusto daban una sensación de limpieza como si la vida misma se hubiera purificado en él, daba la impresión que ese ser inerte tenía más vida que muchos de los presentes; aquella figura fue repudiada por la madre, ¿producto del miedo ante la extraña expresión del joven?; un asco inexplicable fue compartido por muchos de los presentes. La escena tan enigmática diluyose cuando la hermana mayor gritó y todos se volvieron hacia ella, señalaba hacia los trozos del espejo caídos; la gente comenzó a acercarse y contempló algo mucho más extraño que todo lo que había acontecido esa noche, cada fragmento tenía grabado el rostro de Augusto, pero cada uno tenía facciones distintas, rostros de una misma persona pero tan diferentes uno del otro; la felicidad, el odio, la tristeza, la pasión, la frustración, la apatía, entre otras, se habían personificado y grabado en el liso vidrio destruido. Los ángeles y demonios que componían la extraña mente de Augusto quedaron plasmados en aquella despedazada superficie; imágenes que lo liberaron de las cadenas que lo ataban a tanto pesar y confusión; imágenes postreras, hijos de la humanidad, representación de la vida misma, aceptados y negados pero que al fin habían revelado una verdad cuyo costo fue terrible. Un simple encuentro con la vida, representada en las tablas del arte, había dado origen a una espectral redención.
La expectación y la locura aun estaban presentes en los asistentes cuando la madre de Augusto, recuperada en parte del dolor y la ira, observaba a su hija quien estaba con la mirada fija en los ojos de su hermano, abstraída como lo estuvo él en vida, contemplaba fijamente los “vivos” ojos del muerto, de su boca se soltó una frase:
- "¡Sus ojos son mi espejo!", dijo ella.
La madre no entendió aquellas palabras, la hija sonrió y se levantó, apartándose de aquel lugar; la madre se acercó al espejo roto y observó los pedazos, los rostros ya no eran diferentes, todos esbozaban una extraña sonrisa, la mujer volvió la vista en busca de su hija, la silueta de aquella se perdía en la multitud; Los ojos de Augusto eran el espejo de su hermana. La duda en la madre proseguía acompañada de miedo, la historia no termina aún, pues el sufrimiento perdurará mientras halla algo llamado humanidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
Augusto estaba en silencio, contemplando su imagen reflejada en un gran espejo, una preciosa antigüedad adornada con un exquisito marco el cual estaba coronado con la figura de un ángel. Silencioso se mostraba el joven cuando el telón se levantó y se vio ante un gran número de personas quienes rompieron en aplausos como señal de bienvenida al acto que se iba a realizar. Augusto observó al público, habían muchos rostros conocidos, en primera fila pudo distinguir a su “querida” madre y a su hermana mayor; Contemplaba esos rostros a medida que el sinfín de aplausos continuaba su marcha hasta que estos lentamente se fueron extinguiendo. Un silencio cayó sobre todos, expectantes por la primera frase que daría inicio al diálogo, parte de una obra que el mismo Augusto había escrito luego de una semana de ensimismamiento, de encierro y de angustia; una obra escrita por sí mismo para él mismo, donde no había cabida para otros seres, pues sólo Augusto poblaría éste espacio y tiempo. Allí estaba él, silencioso, su cabeza estaba estática, un eterno momento comenzó a dibujarse, ¿Cuándo terminaría? El actor se sentía perdido, con miedo, un pavor a las personas se instaló en su mente, sentía como sus brazos y piernas incrementaban su peso, una rigidez destructiva le corroía la creatividad. Detenido en el tiempo, Augusto no atinaba a hacer ni decir nada, un murmullo creció dentro del público, parecía que de un momento a otro se iba a desatar un alboroto, la madre y la hermana mayor comenzaron a preocuparse por el impávido joven que parecía no mostrar señales de vida. Augusto tornaba hacia el espejo, único mobiliario instalado en escena, no miraba al público, únicamente contemplaba su propia imagen, en espera de algo que debía suceder de un momento a otro; Por la mente del actor comenzaron a pasar un sinnúmero de hechos, un aluvión de sucesos que lo habían atormentado desde joven; En cuestión de minutos pudo ver su vida desfilar ante él, como si la superficie biselada de aquella cosa le sirviera de pantalla, recordó que muchos moribundos ven su vida pasar antes de abandonar el mundo de los vivos.
Augusto pudo ver a su padre morir asesinado en una noche obscura y terrible, rodeada por una espeluznante tormenta; pudo ver el refugio de su madre en la Iglesia, una debacle espiritual, un terror universal desatado en ella hacia el cual fue arrastrada su hermana mayor; pudo ver como era educado, sembrándose en él la semilla del miedo, del repudio al mundo, de la necesidad de enderezar el mismo y de condenarlo al unísono; pudo ver los años en los cuales fue sumido en el tormento de la falsa fe, la charlatanería, la falsedad disfrazada con rostro de bondad, en fin, el mundo social en el que fue criado, interiorizado en su mente, expectorado en forma de entidades terribles. Aquel infierno habría destruido y sojuzgado el alma del joven si es que no se hubiese presentado el siguiente acontecimiento, la llegada de un teatro ambulante que estuvo por una semana en el pueblo. La magia de los actores, la belleza de las obras (Clásicas y Nuevas), la fuerza de la interpretación, todo ese universo de novedad cautivó el corazón del Augusto, atrapándolo para sí en el hermoso mundo de la actuación; allí pudo ver el sufrimiento, la ira, la cólera, pero también el amor, la pasión, la caridad, la nobleza; Sentimientos contrarios pero hermanados en el arte. La fascinación hizo presa del alma de Augusto, poco le faltó para huir y convertirse en miembro de esa comunidad cuyo estilo de vida le había hecho abrazar, anhelante, ideas de libertad, fuera de aquel círculo vicioso en el cual sobrevivía, sin embargo las ataduras creadas en él fueron tan duras que ni sus más caras aspiraciones pudieron con ellas, así pudo ver como esos inocentes seres eran casi expulsados por las personas decentes y morales del pueblo, liderados por su madre, quienes veían en los actores fuente de disturbios y de corrupción, de un atentado contra los valores y creencias conservadoras que aun se mantenían con vida en ese bastión que significaba el pueblo donde él habitaba. Esa noche aciaga, Augusto lloró de ira e impotencia, sin embargo la llama de la actuación no murió con eso, aun se mantenía débilmente encendida.
Un par de meses después de la partida de los actores vagabundos, la iglesia del lugar convocó a su propio grupo de teatro, Augusto palideció de gozo, luchó contra su familia hasta que al fin integró el elenco de la primera obra que se montó. Radiante fue ese día, hermosa la sensación del inicio y del final de aquella porción de vida que él representó, su magnífica actuación fascinó a muchos, incluso a su madre y hermana quienes extrañamente lucieron orgullosas de él. Augusto terminó satisfecho, radiante de alegría se dirigió a su camerino improvisado y allí estuvo, su estancia fue casi eterna, para cuando uno de sus compañeros fue a buscarlo éste lo encontró asustado, sin poder moverse, sus ojos fijos, como si estuvieran a punto de ser arrebatados de este mundo, fijos en el espejo que contemplaba.
Augusto recordó éste día como el comienzo de todo lo que encaraba ahora. Luego de aquel episodio, una extraña obsesión lo poseyó, deseó crear una obra, algo en lo cual se plasmaran las pasiones, defectos y virtudes del ser humano, un pequeño compendio de lo que era realmente existir. La profundidad de sus planes sorprendió a muchos, algunos cuestionaron el tema, pero los vecinos notables y la Iglesia misma aprobaron finalmente la representación pues pensaban utilizar todo esto como un llamado de atención a la gente, como una muestra de lo débil que es la carne en sí y de como es importante el fortalecer la comunidad y la moralidad, sustentadas en la fe y en la religión.
Augusto recordaba como se sumió en una agonía terrible a medida que trataba de componer la obra, recordaba que pasaba horas y horas frente al espejo, recordaba la expresión espeluznante de su madre cuando horrorizada contemplaba la mirada insana de su hijo, debatiéndose con el demonio espectral que le era reflejado; recordaba comentarios que decían que en ocasiones sus facciones se contraían y que ya no era el mismo, asemejaba no una sino varias personas diferentes.
Ahora él estaba frente a todo esa manada, en silencio, contemplando el gran espejo, sentía la incomodidad de muchos pero eso no importaba ya, sus ojos se iluminaron, su boca se abrió y comenzó el espectáculo.
Las palabras fluían, Augusto hablaba sobre lo hermoso de la vida, sobre lo bello que a veces se muestra la existencia. Su personaje era similar a él y por ese conducto habló de su propia vida, de los miedos y terrores que lo asaltaban pero también habló del refugio al que acudía en esos momentos aciagos el cual era la protección de su querida madre así como el apego y el cariño que sentía hacia su hermana, palabras mágicas que inflaron el ego de aquellas, pero en ese momento el rostro de Augusto cambió, se tornó grotesco, comenzó a mostrar repugnancia hacia los que le observaban, insultó a más no poder, se burló de todo y de todos, blasfemaba ardientemente, algunos se mostraron estupefactos, otros lo consideraban como parte de la obra misma.
El diálogo se volvió más crudo, Augusto alababa lo ruin, se vanagloriaba de deseos impuros, de pasiones y torrentes lujuriosos, ardía en una atracción hacia lo repulsivo, fantasías enfermas lo abordaban y luego de sus declaraciones reía a más no poder.
Los cambios se sucedían en la representación; De lo visceral, Augusto pasaba a una interpretación repleta de culpa, su discurso cambiaba, se transformaba de una expresividad depravada a una agonía acusadora y nefasta que se hundía en el corazón de los presentes; se lanzaba en una serie de cuestionamientos hacia la moral de aquellos que se decían gente correcta pero que en el fondo anidaban deseos similares a los expuestos por el personaje, en la parte anterior de la obra; Sus palabras eran espadas y lanzas que atravesaban a más no poder a aquellos de los asistentes que parecían verse aludidos o representados.
Augusto aparecía transfigurado como si en ese día todo lo humano, lo conocido y lo desconocido, se hubieran hecho presentes, poseyendo al actor, despertándose su humanidad en pleno a fin de revelarse al mundo. Uno a uno desfilaron los aspectos de su persona. Augusto era el espejo de la humanidad y su boca clamaba un espantoso reclamo; el tono de su voz cambiaba constantemente, algunas veces fuerte, otras temeroso, asustado, otras seductor, otras duro y acusador, otras suplicante; La voz del miedo, de la lujuria, de la comprensión, alternaban una tras de otra seguidas sin cesar por muchas otras voces. Su humanidad se tornaba en rebelión contra el tormento y el yugo que la atenazaba reprimiendo su autenticidad. Un duelo existencial, una parodia, una dicha, un sufrir, la vida misma en sí encerrada en una obra de teatro en fin.
Terminada ésta locura, Augusto estaba listo para la conclusión, encaró al espejo violentamente y lo llenó de insultos y de alabanzas, lo calificó de su infierno y de su purgatorio, de su paraíso maldito, su abismo personal en el cual caía eternamente; Sus ojos se tornaron con violencia hacia la gente, observó a su madre con ira, malicia, luego a sí mismo dentro del espejo, pero ¿Qué era lo que veía?, solamente bestias inconmensurables que habitaban ese lugar, bestias que estaban atormentándolo, que le habían abierto los ojos; sus gritos se hicieron insoportables, la madre desesperada se arrojó al suelo llorando, la hermana la socorría, luego contemplaron a Augusto o mas bien a la criatura que estaba en frente de ellas; el público se alteraba aun más, la obra que habían ido a ver convirtiose en una degeneración que golpeaba a cada uno de los asistentes; el océano de hipocresía se vio agitado por palabras que desataban tormentas en aquel mundo de falsedad, herido, un dolor que nadie quería reconocer ni afrontar.
Un impulso violento hacia Augusto se anidaba en el corazón de los presentes mientras tanto el joven actor se enardecía aun más, su furia iba hacia el interior del espejo y también para con los espectadores de su patética vida, la obra fue un pretexto para encararlos, para tener el valor de enfrentar su realidad; poseído, cerró violentamente uno de sus puños y descargó un terrible golpe contra el espejo, un grito invadió todo el recinto, un alarido de dolor, Augusto sintió que su corazón había sido alcanzado por un terrible rayo, sintió que se desvanecía por dentro, sus ojos palidecían ante una visión que se apoderaba de él; un campo se tornó ante su vista y muchos seres lo esperaban, satisfechos, él los entendía, los comprendía, por primera vez entendía todo, su alegría creció aun más pues en ese grupo le pareció ver unos ojos conocidos, los ojos de su padre, una mirada limpia, diríase de perdón.
En el escenario, las personas se abalanzaron hacia un cuerpo desvanecido, la madre fue hacia él pero no pudo acercarse, palideció, contemplaba un rostro desencajado en el cual el terror había dejado sus huellas, pero por extraño que pareciera, los ojos de Augusto daban una sensación de limpieza como si la vida misma se hubiera purificado en él, daba la impresión que ese ser inerte tenía más vida que muchos de los presentes; aquella figura fue repudiada por la madre, ¿producto del miedo ante la extraña expresión del joven?; un asco inexplicable fue compartido por muchos de los presentes. La escena tan enigmática diluyose cuando la hermana mayor gritó y todos se volvieron hacia ella, señalaba hacia los trozos del espejo caídos; la gente comenzó a acercarse y contempló algo mucho más extraño que todo lo que había acontecido esa noche, cada fragmento tenía grabado el rostro de Augusto, pero cada uno tenía facciones distintas, rostros de una misma persona pero tan diferentes uno del otro; la felicidad, el odio, la tristeza, la pasión, la frustración, la apatía, entre otras, se habían personificado y grabado en el liso vidrio destruido. Los ángeles y demonios que componían la extraña mente de Augusto quedaron plasmados en aquella despedazada superficie; imágenes que lo liberaron de las cadenas que lo ataban a tanto pesar y confusión; imágenes postreras, hijos de la humanidad, representación de la vida misma, aceptados y negados pero que al fin habían revelado una verdad cuyo costo fue terrible. Un simple encuentro con la vida, representada en las tablas del arte, había dado origen a una espectral redención.
La expectación y la locura aun estaban presentes en los asistentes cuando la madre de Augusto, recuperada en parte del dolor y la ira, observaba a su hija quien estaba con la mirada fija en los ojos de su hermano, abstraída como lo estuvo él en vida, contemplaba fijamente los “vivos” ojos del muerto, de su boca se soltó una frase:
- "¡Sus ojos son mi espejo!", dijo ella.
La madre no entendió aquellas palabras, la hija sonrió y se levantó, apartándose de aquel lugar; la madre se acercó al espejo roto y observó los pedazos, los rostros ya no eran diferentes, todos esbozaban una extraña sonrisa, la mujer volvió la vista en busca de su hija, la silueta de aquella se perdía en la multitud; Los ojos de Augusto eran el espejo de su hermana. La duda en la madre proseguía acompañada de miedo, la historia no termina aún, pues el sufrimiento perdurará mientras halla algo llamado humanidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
LA SINFONÍA DE LOS MUERTOS
LA SINFONÍA DE LOS MUERTOS
¡Es una tontería! exclamaba Gustave, mientras escuchaba el relato de un anciano que conversaba con él. Gustave era un excelente músico, se preciaba de tener un finísimo oído lo que le permitía crear hermosas melodías con las cuales encendía apasionadamente el corazón de las nobles damas y a su vez se ganaba la amistad de los más valientes de los hombres. Había llegado a un pequeño pueblo y en su taberna local conoció a un antiguo músico, ancestral asiduo a los palacios de la añeja nobleza, tiempos y épocas gloriosas para él pero todo eso quedaba ya en el olvido; ahora no soportaba el hedor de la aristocracia, prefirió el exilio de toda esa pompa, sus últimos años transcurrían en los pueblos, en las iglesias, alegrando el espíritu de la gente común en la cual encontró un resguardo y una gran compañía. Ahora su música era un simple disfrute de las melodías que creaba, ya no lo hacia por fama sino solamente por el deleite que le inspiraban los sonidos y cánticos que producía. Este personaje contó a Gustave una antiquísima historia la cual era conocida por muy pocos ya que el solo hecho de relatarla acarreaba burlas e insultos de parte de la gran mayoría; Gustave no fue la excepción pues luego de oír con atención la historia, rompió en una risa la que fue seguida por palabras de mofa e incredulidad. El relato del viejo giraba en torno a la música de los muertos, así es, la historia afirmaba que aquellos que descansaban eternamente en las lozas de los cementerios producían un sonido y una armonía que muy pocos podían percibir, y que a medida que éstas se combinaban creaban un deleite aterrador, los oídos de los testigos se congelaban y la respiración se agitaba, los latidos del corazón se tornaban violentos, el alma pugnaba por salir, acudiendo al llamado de aquellos de ultratumba. Nadie hacía público esta experiencia, ninguno podía reproducir esa música, algunos relataban que al momento de intentarlo la mente se ponía en blanco, las manos temblaban y un sudor frio recorría el cuerpo entero, luego de esto desistían y sólo se llenaban con el recuerdo que experimentaron al escuchar esos tonos que no eran de este mundo y que nunca lo serán.
Gustave no creyó nada de lo que el abuelo le dijo pero esa noche no durmió, la sola idea de que nadie hubiera podido reproducir ese concierto, que nadie se vanagloriara de poder tocar la supuesta música de los difuntos, la plegaria de aquellos que ya no estaban con nosotros y que sin embargo aun se sentían ligados a la hermosura de la vida con un vínculo más excelso como lo es la música, todo eso le perturbaba el animo.
¡Oídos finos! pero si él se ufanaba de tener uno de los más “perfectos” del mundo, entonces si otros seres inferiores pudieron, con mucha más razón el podría. El monstruo de la ambición seducía al músico a cada minuto, su soberbia se manifestaba y tornabase grandiosa, en medio de eso formuló un terrible pacto consigo mismo o con lo que sea; él sería el primer y quizás el único que plasmaría la sinfonía de los muertos en la música de los vivos. ¡Sí!, paradójicamente la misma muerte le daría la sublime inmortalidad.
A la mañana siguiente, Gustave salió temprano del lugar de su hospedaje, caminó por las inmediaciones del pueblo, contemplando la naturaleza, sus pasos lo llevaron a un antiguo cementerio que había visto cuando recorría el camino que lo llevó al pueblo. Era un lugar de otra época, en el aire se respiraban penas y lamentos de tiempos lejanos, percibiase una esencia cargada de antigüedad, matizado con el halito de la muerte y el perfume de la eternidad. Gustave pasó la mañana y la tarde en aquel campo santo, el músico estaba pendiente de cualquier murmullo pero nada ocurrió. El crepúsculo se avecinaba ya, Gustave decidió quedarse toda la noche pues es sabido que la obscuridad abre los portales que separan el mundo de los vivos del de los muertos propiciando que las almas recorran la tierra, rememorando glorias pasadas, antiguos amores, pasiones perdidas, odios irreconciliables; un panorama, un desfile invisible para los mortales quienes no resistirían tal espectáculo.
La noche transcurría, Gustave solamente escuchaba el sonido de animales nocturnos, los aullidos del viento y uno que otro ruido con el cual la naturaleza adorna el paisaje de la soledad. La noche estaba bien entrada ya, Gustave se recostó en la losa de una tumba y se quedó profundamente dormido, en sueños se veía en un inmenso teatro rodeado de una gran cantidad de público los cuales aplaudían su nueva música, un sonido que les paralizaba el corazón y les arrancaba el alma; En medio de la orquesta, Gustave dirigía orgulloso, de espaldas al público, los músicos rompían en un estruendo que asemejaba el furor de una batalla. La alegría y la desesperación hacían presa de los presentes hasta que al final Gustave oyó los aplausos, su gloria era un hecho, se volvió a la gente para agradecer pero no había público allí, sólo una cantidad enorme de cadáveres que se deshacían, un olor inmundo invadió el lugar mientras estos seres contemplaban a aquel que los deleitaba; Gustave, presa del pánico, se volvió a sus músicos quienes no eran mas que un montón de seres envueltos en harapos que se disolvían, aquello era insoportable, terminó lanzándose sobre uno de los espectros pero su arremetida se detuvo pues en la superficie de los instrumentos de viento pudo ver su propia imagen reflejada, la imagen de un cadáver que se deshacía carcomido por los gusanos.
Un grito perturbó el descanso de los muertos, el músico se había despertado de su horrenda pesadilla, sus sentidos aparecían totalmente perturbados. Lentamente Gustave recobró la calma, se convenció de la fantasía experimentada e influenciada por el lugar, decidió irse pues nada del otro mundo, aparte de su sueño, sucedería esa noche. Cuando Gustave estaba a punto de incorporarse, un fino sonido fue percibido por él. Una extraña armonía, a manera de introducción, invadió por un momento el ambiente alterando al músico, pero la voz de su razón le decía que debía tratarse de algún animal o del eco de un sonido común de los que pueblan la nocturna tranquilidad; sin embargo ese mismo sonido fue seguido de otro y de otro, dando pie a una lúgubre sinfonía, un furor que la naturaleza misma no entendía. Gustave extasiado se dio cuenta de que el sonido venía de debajo de la tierra, de las profundidades; Las tumbas eran el conducto, el eco de ese mundo que se proyectaba a la tierra de los vivos. Así desfilaron sonido tras sonido, la mente de Gustave se saturó de tanta belleza, porque realmente le pareció belleza lo que oía, esta música superaba incluso a los coros de ángeles que se encontraban al lado de la divinidad.
El músico quedó impresionado por la hermosura de la melodía, sacrílega, desafiante, terrible, pero divinamente excelsa, que ostentaba el sello, la mácula de los horrores de la muerte, pero también poseía el misterio, la paradójica atracción que la parca conlleva y que envuelve en un halo de extraña y macabra hermosura a los hombres que la sienten en lo más profundo de sus corazones, a los hombres que la desean, que la admiran y que se pierden en sus lúgubres senderos. ¡No!, esa música que ahora Gustave percibía tenía que ser legada a la posteridad, entonces tomó un pequeño maletín y extrajo unos papeles, se sentó en el suelo, envuelto en la tierra misma, comenzó a copiar la música, traduciendo los sonidos en notas. La habilidad de Gustave era impresionante, no en vano presumió de ser uno de los más grandes músicos de toda esta tierra, su velocidad se torno demencial, llenó hoja tras hoja, creando un excelso concierto producido por innombrables seres, pero eso no importaba pues ahora sería Gustave el que trasladaría esa música a oídos de grandes y pequeños, de potentados y pobres, el mundo deliraría con la música arrebatada de la misma muerte. La muerte era el pasaporte a la inmortalidad, como Gustave había mencionado con anterioridad. En medio de toda la locura creativa, el músico no notó que la armonía se transformaba en un sonido hueco, amenazador, que se elevaba cada vez más, como si se desprendiera de sitios jamás visualizados. Un coro de voces terribles se alzó desde lo profundo, reclamando algo que ya les pertenecía, las voces se volvían cada vez más terribles, furiosas por arrebatar el cuerpo y el alma del desdichado elegido, su intensidad creciente presagiaba la inminente llegada, ¿pero qué era lo que iba a irrumpir en el mundo de los vivos?. Gustave palideció de pronto, se puso de rodillas, un nuevo sonido produciase a su alrededor, pero no era música, sino más bien ruidos de huesos chocando con la superficie, sonidos similares a cuando la gente escarba, piedras que se mueven, osamentas que retiemblan, pisadas, ruidos huecos, el silencio.
Al amanecer, el músico no regresó a sus habitaciones, es mas nunca volvió, asimismo el anciano que conoció en la taberna desapareció, algunos dicen que en su cuarto, luego de haber comentado la historia de la música de los muertos a Gustave, se escucharon risas extrañas así como un olor nauseabundo, similar a una carne la cual hubiera estado pudriéndose por siglos incontables, la humanidad descompuesta carcomida por el furor de otro mundo.
Un año después, un músico que visitó el pueblo y oyó la historia del anciano y del joven Gustave, decidió desafiar el destino y se adentró en el cementerio. Lo que relató luego fue que escuchó un conjunto de extrañas y subyugantes melodías y así estuvo por no se cuanto tiempo, de pronto la música se vio acompañada por un extraño coro de voces semejantes al canto gregoriano de un monasterio sumido en sus meditaciones, en sus conversaciones con la divinidad; sin embargo éste coro era distinto, voces lastimeras, ásperas, transformadas en tonos imponentes, desafiantes, burlones, blasfemos; La música que acompañaba a estos cantos producía un sobrecogimiento en todo el cuerpo, podías amar ese sonido pero también anhelabas desprenderte de éste mundo para no seguir escuchándolo, música proveniente de una fuerza y de un poder amenazante.
El músico estaba extasiado, decidido a volver otro día con papeles a fin de plasmar en notas tamaño descubrimiento pero algo lo disuadió de inmediato, algo que casi lo lleva a la locura pues al final del concierto un ruido ensordecedor se manifestó, como si un increíble número de personas aplaudiera, produciendo nefastos sonidos, pero lo peor fue que aquello tuvo como respuesta un llanto y un grito lastimero, esa voz era diferente, las palabras que pronunció eran una súplica de perdón pero aquella improvisada oración fue contestada por una extraña risa que se asemejaba a la de un anciano, pero el tinte era terrible, ¡¡¡Terrible!!!.........................
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
¡Es una tontería! exclamaba Gustave, mientras escuchaba el relato de un anciano que conversaba con él. Gustave era un excelente músico, se preciaba de tener un finísimo oído lo que le permitía crear hermosas melodías con las cuales encendía apasionadamente el corazón de las nobles damas y a su vez se ganaba la amistad de los más valientes de los hombres. Había llegado a un pequeño pueblo y en su taberna local conoció a un antiguo músico, ancestral asiduo a los palacios de la añeja nobleza, tiempos y épocas gloriosas para él pero todo eso quedaba ya en el olvido; ahora no soportaba el hedor de la aristocracia, prefirió el exilio de toda esa pompa, sus últimos años transcurrían en los pueblos, en las iglesias, alegrando el espíritu de la gente común en la cual encontró un resguardo y una gran compañía. Ahora su música era un simple disfrute de las melodías que creaba, ya no lo hacia por fama sino solamente por el deleite que le inspiraban los sonidos y cánticos que producía. Este personaje contó a Gustave una antiquísima historia la cual era conocida por muy pocos ya que el solo hecho de relatarla acarreaba burlas e insultos de parte de la gran mayoría; Gustave no fue la excepción pues luego de oír con atención la historia, rompió en una risa la que fue seguida por palabras de mofa e incredulidad. El relato del viejo giraba en torno a la música de los muertos, así es, la historia afirmaba que aquellos que descansaban eternamente en las lozas de los cementerios producían un sonido y una armonía que muy pocos podían percibir, y que a medida que éstas se combinaban creaban un deleite aterrador, los oídos de los testigos se congelaban y la respiración se agitaba, los latidos del corazón se tornaban violentos, el alma pugnaba por salir, acudiendo al llamado de aquellos de ultratumba. Nadie hacía público esta experiencia, ninguno podía reproducir esa música, algunos relataban que al momento de intentarlo la mente se ponía en blanco, las manos temblaban y un sudor frio recorría el cuerpo entero, luego de esto desistían y sólo se llenaban con el recuerdo que experimentaron al escuchar esos tonos que no eran de este mundo y que nunca lo serán.
Gustave no creyó nada de lo que el abuelo le dijo pero esa noche no durmió, la sola idea de que nadie hubiera podido reproducir ese concierto, que nadie se vanagloriara de poder tocar la supuesta música de los difuntos, la plegaria de aquellos que ya no estaban con nosotros y que sin embargo aun se sentían ligados a la hermosura de la vida con un vínculo más excelso como lo es la música, todo eso le perturbaba el animo.
¡Oídos finos! pero si él se ufanaba de tener uno de los más “perfectos” del mundo, entonces si otros seres inferiores pudieron, con mucha más razón el podría. El monstruo de la ambición seducía al músico a cada minuto, su soberbia se manifestaba y tornabase grandiosa, en medio de eso formuló un terrible pacto consigo mismo o con lo que sea; él sería el primer y quizás el único que plasmaría la sinfonía de los muertos en la música de los vivos. ¡Sí!, paradójicamente la misma muerte le daría la sublime inmortalidad.
A la mañana siguiente, Gustave salió temprano del lugar de su hospedaje, caminó por las inmediaciones del pueblo, contemplando la naturaleza, sus pasos lo llevaron a un antiguo cementerio que había visto cuando recorría el camino que lo llevó al pueblo. Era un lugar de otra época, en el aire se respiraban penas y lamentos de tiempos lejanos, percibiase una esencia cargada de antigüedad, matizado con el halito de la muerte y el perfume de la eternidad. Gustave pasó la mañana y la tarde en aquel campo santo, el músico estaba pendiente de cualquier murmullo pero nada ocurrió. El crepúsculo se avecinaba ya, Gustave decidió quedarse toda la noche pues es sabido que la obscuridad abre los portales que separan el mundo de los vivos del de los muertos propiciando que las almas recorran la tierra, rememorando glorias pasadas, antiguos amores, pasiones perdidas, odios irreconciliables; un panorama, un desfile invisible para los mortales quienes no resistirían tal espectáculo.
La noche transcurría, Gustave solamente escuchaba el sonido de animales nocturnos, los aullidos del viento y uno que otro ruido con el cual la naturaleza adorna el paisaje de la soledad. La noche estaba bien entrada ya, Gustave se recostó en la losa de una tumba y se quedó profundamente dormido, en sueños se veía en un inmenso teatro rodeado de una gran cantidad de público los cuales aplaudían su nueva música, un sonido que les paralizaba el corazón y les arrancaba el alma; En medio de la orquesta, Gustave dirigía orgulloso, de espaldas al público, los músicos rompían en un estruendo que asemejaba el furor de una batalla. La alegría y la desesperación hacían presa de los presentes hasta que al final Gustave oyó los aplausos, su gloria era un hecho, se volvió a la gente para agradecer pero no había público allí, sólo una cantidad enorme de cadáveres que se deshacían, un olor inmundo invadió el lugar mientras estos seres contemplaban a aquel que los deleitaba; Gustave, presa del pánico, se volvió a sus músicos quienes no eran mas que un montón de seres envueltos en harapos que se disolvían, aquello era insoportable, terminó lanzándose sobre uno de los espectros pero su arremetida se detuvo pues en la superficie de los instrumentos de viento pudo ver su propia imagen reflejada, la imagen de un cadáver que se deshacía carcomido por los gusanos.
Un grito perturbó el descanso de los muertos, el músico se había despertado de su horrenda pesadilla, sus sentidos aparecían totalmente perturbados. Lentamente Gustave recobró la calma, se convenció de la fantasía experimentada e influenciada por el lugar, decidió irse pues nada del otro mundo, aparte de su sueño, sucedería esa noche. Cuando Gustave estaba a punto de incorporarse, un fino sonido fue percibido por él. Una extraña armonía, a manera de introducción, invadió por un momento el ambiente alterando al músico, pero la voz de su razón le decía que debía tratarse de algún animal o del eco de un sonido común de los que pueblan la nocturna tranquilidad; sin embargo ese mismo sonido fue seguido de otro y de otro, dando pie a una lúgubre sinfonía, un furor que la naturaleza misma no entendía. Gustave extasiado se dio cuenta de que el sonido venía de debajo de la tierra, de las profundidades; Las tumbas eran el conducto, el eco de ese mundo que se proyectaba a la tierra de los vivos. Así desfilaron sonido tras sonido, la mente de Gustave se saturó de tanta belleza, porque realmente le pareció belleza lo que oía, esta música superaba incluso a los coros de ángeles que se encontraban al lado de la divinidad.
El músico quedó impresionado por la hermosura de la melodía, sacrílega, desafiante, terrible, pero divinamente excelsa, que ostentaba el sello, la mácula de los horrores de la muerte, pero también poseía el misterio, la paradójica atracción que la parca conlleva y que envuelve en un halo de extraña y macabra hermosura a los hombres que la sienten en lo más profundo de sus corazones, a los hombres que la desean, que la admiran y que se pierden en sus lúgubres senderos. ¡No!, esa música que ahora Gustave percibía tenía que ser legada a la posteridad, entonces tomó un pequeño maletín y extrajo unos papeles, se sentó en el suelo, envuelto en la tierra misma, comenzó a copiar la música, traduciendo los sonidos en notas. La habilidad de Gustave era impresionante, no en vano presumió de ser uno de los más grandes músicos de toda esta tierra, su velocidad se torno demencial, llenó hoja tras hoja, creando un excelso concierto producido por innombrables seres, pero eso no importaba pues ahora sería Gustave el que trasladaría esa música a oídos de grandes y pequeños, de potentados y pobres, el mundo deliraría con la música arrebatada de la misma muerte. La muerte era el pasaporte a la inmortalidad, como Gustave había mencionado con anterioridad. En medio de toda la locura creativa, el músico no notó que la armonía se transformaba en un sonido hueco, amenazador, que se elevaba cada vez más, como si se desprendiera de sitios jamás visualizados. Un coro de voces terribles se alzó desde lo profundo, reclamando algo que ya les pertenecía, las voces se volvían cada vez más terribles, furiosas por arrebatar el cuerpo y el alma del desdichado elegido, su intensidad creciente presagiaba la inminente llegada, ¿pero qué era lo que iba a irrumpir en el mundo de los vivos?. Gustave palideció de pronto, se puso de rodillas, un nuevo sonido produciase a su alrededor, pero no era música, sino más bien ruidos de huesos chocando con la superficie, sonidos similares a cuando la gente escarba, piedras que se mueven, osamentas que retiemblan, pisadas, ruidos huecos, el silencio.
Al amanecer, el músico no regresó a sus habitaciones, es mas nunca volvió, asimismo el anciano que conoció en la taberna desapareció, algunos dicen que en su cuarto, luego de haber comentado la historia de la música de los muertos a Gustave, se escucharon risas extrañas así como un olor nauseabundo, similar a una carne la cual hubiera estado pudriéndose por siglos incontables, la humanidad descompuesta carcomida por el furor de otro mundo.
Un año después, un músico que visitó el pueblo y oyó la historia del anciano y del joven Gustave, decidió desafiar el destino y se adentró en el cementerio. Lo que relató luego fue que escuchó un conjunto de extrañas y subyugantes melodías y así estuvo por no se cuanto tiempo, de pronto la música se vio acompañada por un extraño coro de voces semejantes al canto gregoriano de un monasterio sumido en sus meditaciones, en sus conversaciones con la divinidad; sin embargo éste coro era distinto, voces lastimeras, ásperas, transformadas en tonos imponentes, desafiantes, burlones, blasfemos; La música que acompañaba a estos cantos producía un sobrecogimiento en todo el cuerpo, podías amar ese sonido pero también anhelabas desprenderte de éste mundo para no seguir escuchándolo, música proveniente de una fuerza y de un poder amenazante.
El músico estaba extasiado, decidido a volver otro día con papeles a fin de plasmar en notas tamaño descubrimiento pero algo lo disuadió de inmediato, algo que casi lo lleva a la locura pues al final del concierto un ruido ensordecedor se manifestó, como si un increíble número de personas aplaudiera, produciendo nefastos sonidos, pero lo peor fue que aquello tuvo como respuesta un llanto y un grito lastimero, esa voz era diferente, las palabras que pronunció eran una súplica de perdón pero aquella improvisada oración fue contestada por una extraña risa que se asemejaba a la de un anciano, pero el tinte era terrible, ¡¡¡Terrible!!!.........................
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
EL TEMPLO – Más allá del delirio
EL TEMPLO – Más allá del delirio
Walter corría furioso, parecía que sus pies se separaban del suelo a medida que apresuraba su andar. Temeroso, con un horror que lo carcomía, enrumbaba a su hogar, en el cual se congregaba medio pueblo. A medida que se aproximaba sentía como su terrible expectativa pronto sería cruelmente satisfecha. La puerta de la casa se abrió violentamente y los presentes repararon en el recién llegado quien agotado, daba la impresión de que en cualquier momento vomitaría su corazón, dada su terrible agitación; Uno de los presentes hizo una seña a Walter quien trepó a zancadas las escaleras hasta llegar a la habitación de Camilla, su hermana, allí halló al medico y al sacerdote del pueblo, ambos tenían un semblante apesadumbrado lo cual hirió ferozmente el animo de Walter quien cayó ante el lecho de su hermana. Camilla estaba con un semblante pálido, terriblemente decaída, aun así tuvo la fuerza para esbozar una pequeñísima sonrisa. Luego de éste episodio de dolor fraternal, el cura y el médico tomaron del brazo a Walter y lo sacaron de la habitación; en el corredor, el doctor le informó que Camilla había sufrido un accidente luego del cual cayó en un estado de delirio febril, agravándose tanto que las esperanzas de que sobreviviera a ese padecimiento eran mínimas, el médico temía lo peor. Un hondo pesar descendió sobre Walter quien no podía creer lo que estaba sucediendo, su querida hermana al borde de la muerte. Algo aturdido, descendió las escaleras hasta que llegó a un pequeño sillón en el cual se desplomó, el abatimiento lo tenía ya en sus manos.
Una trágica historia envolvía la existencia de ambos hermanos, un devenir coronado por la muerte de los progenitores, acaecida hacía dos años atrás cuando una carreta se salió de control y los embistió; su muerte fue terrible y enlutó a todo el pueblo dado que eran personas muy queridas por la comunidad. Desde la muerte de los padres, Walter veló por la vida de Camilla, se transformó en un joven responsable, preocupado, taciturno, que rehuía cualquier momento de distracción, angustiado por la idea de la muerte; La imagen de la parca lo perseguía pero cuando ésta lo encaraba, el golpe era brindado a alguien cercano a él, como había ocurrido con sus padres, ahora era el turno de Camilla.
Meditabundo se encontraba Walter cuando el sacerdote se le acercó y comenzó a conversar acerca del posible destino que atrapaba a su joven hermana; le habló de redención, del plan de Dios, de la gloria del paraíso, de la vida eterna y cosas que mucho antes Walter las había oído, justo hace dos años, pero ésta vez todo ese mensaje le resultaba vacío, sin sentido. Walter escuchó hasta la última palabra del sacerdote quien luego de terminado su mensaje, se levantó de manera mecánica, saludó al joven y se retiró a conversar con los demás asistentes. El corazón de Walter seguía frio, el calor de la divinidad que pretendió inculcarle el religioso le había parecido tan insubstancial, tan artificial, tan superfluo, ¡No!, el necesitaba algo que verdaderamente le devolviera la esperanza, algo que le garantizase que su pequeña hermana no se iría de su lado. Su antigua fe hacía dos años que literalmente había muerto; estaba desesperado, sin saber que más hacer.
Walter no podía tolerar su propia casa, llena de todas aquellas personas que no le brindaban ninguna solución; levantose precipitadamente para salir corriendo de allí, encaminándose a las afueras del pueblo y mientras corría se desataba una cruenta lluvia que evocaba un sinfín de lamentos, una agonía de la naturaleza la cual se confundía con la del mismo Walter, pero toda esta conmoción no fue suficiente para detener al alocado ser quien cayó luego de recorrer exhausto una considerable distancia, hundiendo la cara en el fango que se había formado; así estuvo por un buen tiempo luego del cual se fue incorporando, aturdido, comenzó a mover su cabeza hacía distintos lados, reparando de pronto en unas ruinas que se mostraban en la cima de una pequeña loma, edificaciones antiquísimas cubiertas por la maleza pero que sin embargo aun mostraban ciertas estructuras que permitían distinguirlas.
Walter quedó observando ese paisaje, ni siquiera él sabía por que estaba allí, luego le vino a la memoria una historia que su padre le había contado, un relato según el cual ese recinto había sido edificado por extraños, allá por los tiempos medievales, pero no eran brujos pues la persecución de la iglesia no los tocó. Estos seres tenían costumbres raras y realizaban, de manera semanal, extraños rituales que inundaban el área circundante de una lluvia de colores que ascendía hasta el cielo y se perdía en el infinito; un momento sobrecogedor en el que se oían cánticos y llamados seguidos de un virtual silencio, una repentina calma la cual estallaba en un atronador griterío. Éste episodio moría antes del nacimiento del alba. Pero todo lo que se contaba en sí eran relatos de escasos valientes que se mantuvieron cerca del escenario donde todo acontecía, pocos se atrevían a ir a esos sitios cuando se realizaban aquellos rituales, muchos temían ser descubiertos y sometidos quien sabe a que actos por profanar el espacio sagrado de los extraños. El tiempo pasó hasta que de un momento a otro el lugar fue abandonado, entonces algunos aldeanos se aventuraron a visitarlo encontrándose con una peculiar edificación; Aquella constaba de una gran sala rodeada de ciertas imágenes sin ojos, grandes agujeros se encontraban en vez de ellos, vacíos, ciegos vigilantes de un espectáculo perturbador. Lo que más llamaba la atención era un extraño símbolo que cubría todo el piso del recinto y constaba de un área circular dentro del cual se confundían un conjunto de líneas verticales y horizontales las cuales se atravesaban una a otra como si se tratara de un caos o simulara un extraño laberinto.
Con el paso de los años, muchos dejaron atrás aquellos extraños sucesos, sin embargo nadie pretendió destruir el “templo”, le habían cogido un falso respeto adornado por un sentimiento terrorífico que no les permitía descargar golpes demoledores sobre la construcción. La estructura se fue deteriorando, sin embargo y esto lo manifestaron algunos testigos, el símbolo del suelo permanecía nítido, como si el tiempo en él se hubiera detenido, allí estaba desafiante, rodeado por algunas de las imágenes ruinosas que aun se mantenían en pie.
Posteriormente sucedieron dos acontecimientos que marcaron aun más el lugar. El primero ocurrió hacía unos 10 años, con un grupo de jóvenes que habían llegado procedentes de una de las ciudades del país, eran estudiantes abocados totalmente al conocimiento científico, habían escuchado del lugar por boca de algunos del pueblo que visitaban las ciudades. Estos jóvenes venían con la intención de desafiar la superstición malsana que como un mal, corroía la mente y la inteligencia del ser humano. En su primera visita sólo contemplaron las ruinas desde lejos, las gentes comentaron que luego de esto, los jóvenes continuaban con su discurso adverso a las creencias del pueblo sin embargo esto no impidió que multiplicaran sus visitas a las inmediaciones del templo. Una y otra vez se les veía ir y venir, rodeados de un deseo y una terrible ansiedad por estar cada vez más cerca de aquellos vestigios. Sus ataques fueron quedando atrás, su ciencia quedó en el olvido, quien los veía afirmaba que el antiguo templo había hechizado a estos muchachos quienes en ocasiones no podían retirar su vista del sitio, permanecían largas horas contemplándolo, encerrados en un laberinto de fascinación mental, como si algo los estuviese llamando, como si eso mismo los esperara. Uno de los jóvenes comentó a un poblador acerca de una historia que había escuchado sobre una sociedad secreta la cual existía desde un tiempo innombrable; una élite selecta que distribuía a lo largo del mundo sus lugares de culto en donde realizaban extraños procedimientos, enlazándose quien sabe con quien o con que; Precisamente, estos recién llegados tenían noticia de que uno de esos templos estaba ubicado en la región donde estaban, todos los indicios apuntaban a la abandonada ruina, centro de sus obsesiones.
Habían pasado dos semanas del arribo de los forasteros, el momento de ingresar a la edificación era inminente. Algunos testigos los vieron lanzarse alocadamente como si estuvieran fuera de sí. En la noche, las gentes refirieron que el lugar se vio inundado de un espectáculo de luces que se elevó violentamente al cielo, transfiguradas en un gran torbellino rojo, adornando su aparición con aterradores gritos los cuales se perdían hasta disolverse en el cosmos nocturno. Este espectáculo trajo a la memoria los antiguos relatos sobre los ancestrales ritos de los “primeros” extraños del tiempo medieval, la gente no sabía que pensar. En cuanto a los jóvenes, ninguno descendió del templo, nadie se preocupo en subir y ver que había pasado con ellos.
Una semana después llegaba un pequeño grupo de sacerdotes, su presencia sobrecogió a la gente quien relató lo acontecido. Lo que el pueblo no sabía era que la iglesia tenía conocimiento y registro de los sucesos que se producían no sólo allí sino en otros lugares similares, sin embargo jamás tomaron medida alguna, las causas de esa actitud eran desconocidas. El grupo de jóvenes que partió en aquella expedición y que había desaparecido en su totalidad estudiaba en una universidad cuya administración era compartida por laicos y sacerdotes, estos últimos mostraron cierto interés por la investigación de los estudiantes por lo que se designó a un grupo de religiosos para que los acompañaran. Los sacerdotes no pudieron salir al mismo tiempo que los jóvenes, ahora se encontraban con una infausta realidad. El líder del grupo de religiosos, si bien era respetuoso del conocimiento moderno, tenía fama de místico dentro del seno eclesiástico, algunos de sus compañeros decían que en ocasiones mostrabase obsesionado con temas como el estudio de demonios y planos existenciales malignos (Infierno), los del grupo de sacerdotes no estaban muy de acuerdo con que él los liderase pero su antigüedad y el respeto que los superiores sentían hacia él predominó sobre las preferencias individuales. Ante aquel desastre ocurrido con los estudiantes, el jefe de los sacerdotes reflexionó un momento, luego entro en conversación con los demás miembros, hubo una discusión acalorada, sin embargo los argumentos presentados llevaron al final a tomar una decisión, debían partir hacia el sitio del templo cuanto antes; En el pueblo cundía la habladuría acerca de la realización de un ritual exorcista, la expectativa crecía esperando el resultado. El desenlace sobrevino bien entrada la noche, a manera de un terrible estruendo, una sacudida violenta, un caos de sonidos que se levantó y en medio del cual muchos aseguraban que podían sentir como la tierra misma estrujaba en sus entrañas algo o a alguien; el ruido del viento llevaba al oído de los aterrados pobladores sonidos que se asemejaban a lamentos horrorizados, incluso a uno que otro le pareció identificar en esta parafernalia de gritos una oración; la gente aterrorizada esperaba en el interior de sus hogares que la mañana llegara ya y los rescatara de esos instantes de pesadilla.
Cuando el alba se dibujaba en el horizonte, algunos valientes decidieron subir al templo pero al llegar al lugar contemplaron como una gran área que rodeaba la edificación yacía muerta; la tierra, los arboles, todo estaba totalmente estéril, seco, carcomido, como si una terrible plaga hubiera descendido, absorbiendo la vida del mismo suelo; sólo había sobrevivido el recinto maldito, enseñoreado en su terrible símbolo. Desde ese día, casi nadie se acercaba al lugar, un yermo maldecido hacia el cual se dirigía Walter, observando desesperado, dándose cuenta de que sus pasos sin control lo llevaban hacia un extraño destino. Arrebatado, fuera de sí, Walter llegó a la cima de la loma, rodeada de muerte y construcciones maltrechas por el paso de los siglos; el símbolo yacía incólume, metáfora de la confusión y de algo que no tenía nombre. Walter se acercó y en un momento estuvo sobre aquel dibujo, al contemplarlo de cerca pudo notar un conjunto de resquebrajaduras las cuales se delineaban sobre cada una de las líneas de la figura, como si algo hubiera surgido de dentro de él, quedando estos rasgos como mudos testigos de tan peculiar acontecimiento.
Walter, detenido en el tiempo, se mantenía expectante de lo que pudiese ocurrir; estuvo un buen rato sobre aquel arcano, una eternidad pudo haber pasado pero nada sucedía, lo único que asomaba era el aburrimiento, comenzó a sentirse decepcionado, se burlaba de las creencias y miedos que la gente del pueblo había experimentado; el paisaje ya no le resultaba aterrador sino simplemente burdo, común, un cerro con unas viejas ruinas y un garabato en el piso, ¿Cómo podía eso asustar a la gente? El miedo se fue transformando en un sentimiento de seguridad que deseaba ampliarse a toda la vida de Walter, deseó deshacerse de toda esa congoja que lo atormentaba; el temor de perder a su hermana de pronto desapareció, fue en ese momento cuando levantó la vista al cielo y contempló la luna nueva, pequeña, como una sencilla línea que adornaba el firmamento con un ligero halo de luz. En el silencio de la nada un extraño murmullo comenzó a crecer, a manifestarse lentamente, introduciéndose discretamente en la mente de Walter. El sonido se incrementaba y al ritmo del mismo la luna comenzó a cambiar, crecía, las fases eran pasadas instantáneamente y al final la luna llena se mostró a los ojos atónitos de Walter quien no comprendía lo que estaba ocurriendo. El sonido seguía creciendo, fuerte, evolucionaba en una hermosa armonía, sumiendo en éxtasis la mente del oyente quien empezó a proferir extrañas frases en un lenguaje ininteligible, sonidos animales, ruidos que en nada se parecían al que profiere un ser humano, ni aun cuando se encuentra en su estado más deplorable. Walter “cantaba” como un poeta poblador de un mundo de ensueño tétrico, el cuerpo del desdichado comenzó a moverse por todo el símbolo, contorsionándose, saltando, dando alaridos, danzando hasta mas no poder, recorriendo las ruinas y el tiempo abandonados; las pupilas de sus ojos aparecían nadando en sangre, rojos, con un brillo terrible matizado con el reflejo lunar. Walter se vio nadando en un océano de arcoíris, veía los colores desfilar a su alrededor, podía tocarlos, arrebatarlos de éste mundo. Ascendía vertiginosamente, llevado por una columna de energía, extraña pero acogedora, más allá de los confines de la vida.
La luna crecía, mostrabase inmensa, majestuosa, la grandiosa palidez sobrecogía el alma de Walter quien ya no flotaba, pisaba una tierra extraña, un paisaje mustio; Caminó en medio de la desolación, de tierras abandonadas y grandes cráteres; su andar era lento, pausado, adentrándose en tierras obscuras, sin saber a donde terminaría; obscuridad que mutaba vertiginosamente en una intensa luminosidad sanguinolenta, Walter se acercaba a algo, ¿quien sabría lo que era?, entonces descubrió un inmenso altar, rodeado de grandes columnas, dentro del cual unos seres bailaban alocadamente, exclamando plegarias y oraciones, levantando sus brazos hacia el universo; ellos detuvieron su ritual y quedaron observando al visitante quien absorto avanzaba hasta estar demasiado cerca, así pudo ver mejor a estos entes, se asemejaban a la figura humana pero eran incorpóreos; sus rostros, tan similares a los de una persona, esbozaban una sonrisa malsana que sacó de su turbación a Walter, buscó a aquellos seres pero inesperadamente se habían desvanecido, inundando el templo de desolación, poblado únicamente por algo conocido, una figura ubicada en el piso de aquella estructura, era aquel bendito símbolo, habitando aquella visión pesadillesca.
Un movimiento muy fuerte remeció los suelos, las líneas del arcano que marcaban resquebrajaduras lentamente comenzaron a alejarse una de otra hasta dejar un inmenso boquete del cual emergía un edificio que se alzaba imponente, expectorado de las entrañas del mundo, entonces Walter se dio cuenta de que se hallaba en las ruinas del templo a las afueras del pueblo y ya no en aquella bizarra tierra celestial. La estructura que emergía mostraba una ruinosa fachada adornada por extrañas “marcas” que la recorrían toda como si se tratasen de costras y yagas, de estas brotaba un extraño líquido pestilente; Del interior se escuchaban ruidos desgarradores que en un momento se unieron en una atroz exclamación, un único lamento que dio por los suelos con los sentidos de Walter pues eran gritos humanos, proferidos con un dolor tal que incontables pensamientos llegaron a su mente saturándola de un terror, de una advertencia escondida acerca de ciertas entidades adoradas que realmente convierten el alma de los humanos en simples títeres de luz; Walter se desvaneció pero aun así no se pudo librar de toda esa locura, se vio dentro de un inmenso túnel que se extendía a más no poder, precipitándose interminablemente; Descendía y ascendía por un conducto que nadie sabía donde terminaría, pero al fin éste recorrido culminó en una inmensa luz roja, cegadora, la cual lo envolvió; finalmente se escuchó un grito, trascendiendo los mundos aquellos y otros más, luego el silencio.
En su habitación, Camilla lentamente abría los ojos, le parecía haber vivido una pesadilla interminable. El sacerdote y el médico se sintieron aliviados de verla recuperada pero ella se mostró extrañada pues no sabía como había ido a parar a su cama; ellos le explicaron que unas personas la hallaron tirada junto a su casa, delirando palabras extrañas, entonces la condujeron a su habitación, pero su delirio no paró, al contrario se incrementó de manera alarmante. Todo el pueblo temía su muerte, sobretodo su hermano Walter. El sólo hecho de mencionar ese nombre hizo que Camilla comenzara a relatar su experiencia, recordaba que ese día subió al tejado de su casa a tratar de reparar unos orificios y resquebrajaduras pero su atención se vio robada por la observación de los tejados de las casas vecinas, del bosque el cual le pareció hermoso. Comenzó a pensar en las personas del pueblo, en su hermano, en la naturaleza y fue justo cuando estas ideas le penetraban que dirigió su vista hacia un lugar en el horizonte en donde algo la llamaba débilmente. Parecía escuchar el sollozo de un niño, recordó que así debían llorar los bebes cuando llaman a su madre, se acordó de la propia, entonces un terrible dolor apareció reduciendo su ser a escombros; el llanto que pareció percibir se incrementó como una avalancha sonora de sufrimiento, interminables quejidos que parecían provenir de seres desvalidos, reclamando protección pero sin que nadie les haga caso.
El padecimiento de Camilla comenzó a verse aliviado por un sentimiento placentero que la comenzaba a rodear, sumiéndola en una extraña danza, recorriendo el cielo con mágicos pasos, desenfrenadamente alegre; sus movimientos se hacían cada vez más rápidos, su cuerpo se sentía repleto de un tremendo furor, parecía que en cualquier momento moriría, pero a lo lejos una voz la retuvo deteniendo su engañosa euforia; de pronto se vio recostada, vio a su hermano que lloraba a sus pies, ella le sonrió pero luego observó débilmente como dos seres se lo llevaban de su lado, trató de hablar pero no pudo, su vista se hizo nula. “Raptada” nuevamente de este mundo, Camilla contemplaba pasmada una extraña luminosidad de tinte sangriento que se hacía cada vez más cercana; dentro de la misma, un sonido gutural aparecía de manera amenazadora, signo de lo que le esperaba. Por fin, aquel resplandor rojizo devoró su carne, parecía que la trituraba, viose presa de un abandono universal, sintiéndose sola, sin que nada ni nadie existiese, condenada al demonio del olvido. Gritó, y su grito se hizo uno con los de aquellos que sufrían aquel terrorífico éxtasis que se producía más intenso, más punzante; su cuerpo o su esencia misma se contorsionaba, era la danza de las agonías languidecientes, mas de repente una feroz exclamación la poseyó y su ser se vio libre, remontándose a una gran altura; el terrible color rojo desaparecía hasta perderse, luego ella se precipitó, su caída parecía eterna pero no fue así, sintió como su propia existencia se estrellaba contra algo, no había dolor, no había ese sentimiento que la corroía, abrió los ojos y se vio en su cama. Los que la escucharon creyeron que toda esa pesadilla era producto del delirio pero luego repararon en unas lagrimas que comenzaron a derramarse de los ojos de Camilla, eran rojas y fluían sin parar, había recordado que esa gran exclamación que la salvó le parecía demasiado conocida, esa última voz, su salvación, había sido la de su querido hermano que se condenó en su lugar.
Jamás se volvió a tener noticias de Walter, desapareció totalmente de éste universo, de ésta existencia; El templo aun se yergue y ahora es más temido que antes, ya que algunas personas vieron a Walter por última vez cuando, como un loco, se dirigía a esos parajes.
Camilla se fue del pueblo, a vivir a una ciudad con un familiar lejano; Las personas que la rodean han notado como ella gusta mirar de las estrellas pero también se han dado cuenta de la inmensa aversión que siente hacia la Luna. Camilla no puede evitarlo y en ocasiones ha relatado angustiada que allí, en un rincón de la pálida señora de la noche, ha observado un destello rojizo que ella aun recordaba, y a la par que aparece esa luminosidad le parece escuchar un grito de absoluto dolor como si alguien estuviera soportando el tormento más atroz que humanidad alguna haya conocido, y ese grito, esa voz, es idéntica a la voz de Walter, un grito que ella no puede soportar y que la hunde y la condena junto con aquel que sufre en su lugar, quizás solo la muerte borrara esa impresión, quizá.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
Walter corría furioso, parecía que sus pies se separaban del suelo a medida que apresuraba su andar. Temeroso, con un horror que lo carcomía, enrumbaba a su hogar, en el cual se congregaba medio pueblo. A medida que se aproximaba sentía como su terrible expectativa pronto sería cruelmente satisfecha. La puerta de la casa se abrió violentamente y los presentes repararon en el recién llegado quien agotado, daba la impresión de que en cualquier momento vomitaría su corazón, dada su terrible agitación; Uno de los presentes hizo una seña a Walter quien trepó a zancadas las escaleras hasta llegar a la habitación de Camilla, su hermana, allí halló al medico y al sacerdote del pueblo, ambos tenían un semblante apesadumbrado lo cual hirió ferozmente el animo de Walter quien cayó ante el lecho de su hermana. Camilla estaba con un semblante pálido, terriblemente decaída, aun así tuvo la fuerza para esbozar una pequeñísima sonrisa. Luego de éste episodio de dolor fraternal, el cura y el médico tomaron del brazo a Walter y lo sacaron de la habitación; en el corredor, el doctor le informó que Camilla había sufrido un accidente luego del cual cayó en un estado de delirio febril, agravándose tanto que las esperanzas de que sobreviviera a ese padecimiento eran mínimas, el médico temía lo peor. Un hondo pesar descendió sobre Walter quien no podía creer lo que estaba sucediendo, su querida hermana al borde de la muerte. Algo aturdido, descendió las escaleras hasta que llegó a un pequeño sillón en el cual se desplomó, el abatimiento lo tenía ya en sus manos.
Una trágica historia envolvía la existencia de ambos hermanos, un devenir coronado por la muerte de los progenitores, acaecida hacía dos años atrás cuando una carreta se salió de control y los embistió; su muerte fue terrible y enlutó a todo el pueblo dado que eran personas muy queridas por la comunidad. Desde la muerte de los padres, Walter veló por la vida de Camilla, se transformó en un joven responsable, preocupado, taciturno, que rehuía cualquier momento de distracción, angustiado por la idea de la muerte; La imagen de la parca lo perseguía pero cuando ésta lo encaraba, el golpe era brindado a alguien cercano a él, como había ocurrido con sus padres, ahora era el turno de Camilla.
Meditabundo se encontraba Walter cuando el sacerdote se le acercó y comenzó a conversar acerca del posible destino que atrapaba a su joven hermana; le habló de redención, del plan de Dios, de la gloria del paraíso, de la vida eterna y cosas que mucho antes Walter las había oído, justo hace dos años, pero ésta vez todo ese mensaje le resultaba vacío, sin sentido. Walter escuchó hasta la última palabra del sacerdote quien luego de terminado su mensaje, se levantó de manera mecánica, saludó al joven y se retiró a conversar con los demás asistentes. El corazón de Walter seguía frio, el calor de la divinidad que pretendió inculcarle el religioso le había parecido tan insubstancial, tan artificial, tan superfluo, ¡No!, el necesitaba algo que verdaderamente le devolviera la esperanza, algo que le garantizase que su pequeña hermana no se iría de su lado. Su antigua fe hacía dos años que literalmente había muerto; estaba desesperado, sin saber que más hacer.
Walter no podía tolerar su propia casa, llena de todas aquellas personas que no le brindaban ninguna solución; levantose precipitadamente para salir corriendo de allí, encaminándose a las afueras del pueblo y mientras corría se desataba una cruenta lluvia que evocaba un sinfín de lamentos, una agonía de la naturaleza la cual se confundía con la del mismo Walter, pero toda esta conmoción no fue suficiente para detener al alocado ser quien cayó luego de recorrer exhausto una considerable distancia, hundiendo la cara en el fango que se había formado; así estuvo por un buen tiempo luego del cual se fue incorporando, aturdido, comenzó a mover su cabeza hacía distintos lados, reparando de pronto en unas ruinas que se mostraban en la cima de una pequeña loma, edificaciones antiquísimas cubiertas por la maleza pero que sin embargo aun mostraban ciertas estructuras que permitían distinguirlas.
Walter quedó observando ese paisaje, ni siquiera él sabía por que estaba allí, luego le vino a la memoria una historia que su padre le había contado, un relato según el cual ese recinto había sido edificado por extraños, allá por los tiempos medievales, pero no eran brujos pues la persecución de la iglesia no los tocó. Estos seres tenían costumbres raras y realizaban, de manera semanal, extraños rituales que inundaban el área circundante de una lluvia de colores que ascendía hasta el cielo y se perdía en el infinito; un momento sobrecogedor en el que se oían cánticos y llamados seguidos de un virtual silencio, una repentina calma la cual estallaba en un atronador griterío. Éste episodio moría antes del nacimiento del alba. Pero todo lo que se contaba en sí eran relatos de escasos valientes que se mantuvieron cerca del escenario donde todo acontecía, pocos se atrevían a ir a esos sitios cuando se realizaban aquellos rituales, muchos temían ser descubiertos y sometidos quien sabe a que actos por profanar el espacio sagrado de los extraños. El tiempo pasó hasta que de un momento a otro el lugar fue abandonado, entonces algunos aldeanos se aventuraron a visitarlo encontrándose con una peculiar edificación; Aquella constaba de una gran sala rodeada de ciertas imágenes sin ojos, grandes agujeros se encontraban en vez de ellos, vacíos, ciegos vigilantes de un espectáculo perturbador. Lo que más llamaba la atención era un extraño símbolo que cubría todo el piso del recinto y constaba de un área circular dentro del cual se confundían un conjunto de líneas verticales y horizontales las cuales se atravesaban una a otra como si se tratara de un caos o simulara un extraño laberinto.
Con el paso de los años, muchos dejaron atrás aquellos extraños sucesos, sin embargo nadie pretendió destruir el “templo”, le habían cogido un falso respeto adornado por un sentimiento terrorífico que no les permitía descargar golpes demoledores sobre la construcción. La estructura se fue deteriorando, sin embargo y esto lo manifestaron algunos testigos, el símbolo del suelo permanecía nítido, como si el tiempo en él se hubiera detenido, allí estaba desafiante, rodeado por algunas de las imágenes ruinosas que aun se mantenían en pie.
Posteriormente sucedieron dos acontecimientos que marcaron aun más el lugar. El primero ocurrió hacía unos 10 años, con un grupo de jóvenes que habían llegado procedentes de una de las ciudades del país, eran estudiantes abocados totalmente al conocimiento científico, habían escuchado del lugar por boca de algunos del pueblo que visitaban las ciudades. Estos jóvenes venían con la intención de desafiar la superstición malsana que como un mal, corroía la mente y la inteligencia del ser humano. En su primera visita sólo contemplaron las ruinas desde lejos, las gentes comentaron que luego de esto, los jóvenes continuaban con su discurso adverso a las creencias del pueblo sin embargo esto no impidió que multiplicaran sus visitas a las inmediaciones del templo. Una y otra vez se les veía ir y venir, rodeados de un deseo y una terrible ansiedad por estar cada vez más cerca de aquellos vestigios. Sus ataques fueron quedando atrás, su ciencia quedó en el olvido, quien los veía afirmaba que el antiguo templo había hechizado a estos muchachos quienes en ocasiones no podían retirar su vista del sitio, permanecían largas horas contemplándolo, encerrados en un laberinto de fascinación mental, como si algo los estuviese llamando, como si eso mismo los esperara. Uno de los jóvenes comentó a un poblador acerca de una historia que había escuchado sobre una sociedad secreta la cual existía desde un tiempo innombrable; una élite selecta que distribuía a lo largo del mundo sus lugares de culto en donde realizaban extraños procedimientos, enlazándose quien sabe con quien o con que; Precisamente, estos recién llegados tenían noticia de que uno de esos templos estaba ubicado en la región donde estaban, todos los indicios apuntaban a la abandonada ruina, centro de sus obsesiones.
Habían pasado dos semanas del arribo de los forasteros, el momento de ingresar a la edificación era inminente. Algunos testigos los vieron lanzarse alocadamente como si estuvieran fuera de sí. En la noche, las gentes refirieron que el lugar se vio inundado de un espectáculo de luces que se elevó violentamente al cielo, transfiguradas en un gran torbellino rojo, adornando su aparición con aterradores gritos los cuales se perdían hasta disolverse en el cosmos nocturno. Este espectáculo trajo a la memoria los antiguos relatos sobre los ancestrales ritos de los “primeros” extraños del tiempo medieval, la gente no sabía que pensar. En cuanto a los jóvenes, ninguno descendió del templo, nadie se preocupo en subir y ver que había pasado con ellos.
Una semana después llegaba un pequeño grupo de sacerdotes, su presencia sobrecogió a la gente quien relató lo acontecido. Lo que el pueblo no sabía era que la iglesia tenía conocimiento y registro de los sucesos que se producían no sólo allí sino en otros lugares similares, sin embargo jamás tomaron medida alguna, las causas de esa actitud eran desconocidas. El grupo de jóvenes que partió en aquella expedición y que había desaparecido en su totalidad estudiaba en una universidad cuya administración era compartida por laicos y sacerdotes, estos últimos mostraron cierto interés por la investigación de los estudiantes por lo que se designó a un grupo de religiosos para que los acompañaran. Los sacerdotes no pudieron salir al mismo tiempo que los jóvenes, ahora se encontraban con una infausta realidad. El líder del grupo de religiosos, si bien era respetuoso del conocimiento moderno, tenía fama de místico dentro del seno eclesiástico, algunos de sus compañeros decían que en ocasiones mostrabase obsesionado con temas como el estudio de demonios y planos existenciales malignos (Infierno), los del grupo de sacerdotes no estaban muy de acuerdo con que él los liderase pero su antigüedad y el respeto que los superiores sentían hacia él predominó sobre las preferencias individuales. Ante aquel desastre ocurrido con los estudiantes, el jefe de los sacerdotes reflexionó un momento, luego entro en conversación con los demás miembros, hubo una discusión acalorada, sin embargo los argumentos presentados llevaron al final a tomar una decisión, debían partir hacia el sitio del templo cuanto antes; En el pueblo cundía la habladuría acerca de la realización de un ritual exorcista, la expectativa crecía esperando el resultado. El desenlace sobrevino bien entrada la noche, a manera de un terrible estruendo, una sacudida violenta, un caos de sonidos que se levantó y en medio del cual muchos aseguraban que podían sentir como la tierra misma estrujaba en sus entrañas algo o a alguien; el ruido del viento llevaba al oído de los aterrados pobladores sonidos que se asemejaban a lamentos horrorizados, incluso a uno que otro le pareció identificar en esta parafernalia de gritos una oración; la gente aterrorizada esperaba en el interior de sus hogares que la mañana llegara ya y los rescatara de esos instantes de pesadilla.
Cuando el alba se dibujaba en el horizonte, algunos valientes decidieron subir al templo pero al llegar al lugar contemplaron como una gran área que rodeaba la edificación yacía muerta; la tierra, los arboles, todo estaba totalmente estéril, seco, carcomido, como si una terrible plaga hubiera descendido, absorbiendo la vida del mismo suelo; sólo había sobrevivido el recinto maldito, enseñoreado en su terrible símbolo. Desde ese día, casi nadie se acercaba al lugar, un yermo maldecido hacia el cual se dirigía Walter, observando desesperado, dándose cuenta de que sus pasos sin control lo llevaban hacia un extraño destino. Arrebatado, fuera de sí, Walter llegó a la cima de la loma, rodeada de muerte y construcciones maltrechas por el paso de los siglos; el símbolo yacía incólume, metáfora de la confusión y de algo que no tenía nombre. Walter se acercó y en un momento estuvo sobre aquel dibujo, al contemplarlo de cerca pudo notar un conjunto de resquebrajaduras las cuales se delineaban sobre cada una de las líneas de la figura, como si algo hubiera surgido de dentro de él, quedando estos rasgos como mudos testigos de tan peculiar acontecimiento.
Walter, detenido en el tiempo, se mantenía expectante de lo que pudiese ocurrir; estuvo un buen rato sobre aquel arcano, una eternidad pudo haber pasado pero nada sucedía, lo único que asomaba era el aburrimiento, comenzó a sentirse decepcionado, se burlaba de las creencias y miedos que la gente del pueblo había experimentado; el paisaje ya no le resultaba aterrador sino simplemente burdo, común, un cerro con unas viejas ruinas y un garabato en el piso, ¿Cómo podía eso asustar a la gente? El miedo se fue transformando en un sentimiento de seguridad que deseaba ampliarse a toda la vida de Walter, deseó deshacerse de toda esa congoja que lo atormentaba; el temor de perder a su hermana de pronto desapareció, fue en ese momento cuando levantó la vista al cielo y contempló la luna nueva, pequeña, como una sencilla línea que adornaba el firmamento con un ligero halo de luz. En el silencio de la nada un extraño murmullo comenzó a crecer, a manifestarse lentamente, introduciéndose discretamente en la mente de Walter. El sonido se incrementaba y al ritmo del mismo la luna comenzó a cambiar, crecía, las fases eran pasadas instantáneamente y al final la luna llena se mostró a los ojos atónitos de Walter quien no comprendía lo que estaba ocurriendo. El sonido seguía creciendo, fuerte, evolucionaba en una hermosa armonía, sumiendo en éxtasis la mente del oyente quien empezó a proferir extrañas frases en un lenguaje ininteligible, sonidos animales, ruidos que en nada se parecían al que profiere un ser humano, ni aun cuando se encuentra en su estado más deplorable. Walter “cantaba” como un poeta poblador de un mundo de ensueño tétrico, el cuerpo del desdichado comenzó a moverse por todo el símbolo, contorsionándose, saltando, dando alaridos, danzando hasta mas no poder, recorriendo las ruinas y el tiempo abandonados; las pupilas de sus ojos aparecían nadando en sangre, rojos, con un brillo terrible matizado con el reflejo lunar. Walter se vio nadando en un océano de arcoíris, veía los colores desfilar a su alrededor, podía tocarlos, arrebatarlos de éste mundo. Ascendía vertiginosamente, llevado por una columna de energía, extraña pero acogedora, más allá de los confines de la vida.
La luna crecía, mostrabase inmensa, majestuosa, la grandiosa palidez sobrecogía el alma de Walter quien ya no flotaba, pisaba una tierra extraña, un paisaje mustio; Caminó en medio de la desolación, de tierras abandonadas y grandes cráteres; su andar era lento, pausado, adentrándose en tierras obscuras, sin saber a donde terminaría; obscuridad que mutaba vertiginosamente en una intensa luminosidad sanguinolenta, Walter se acercaba a algo, ¿quien sabría lo que era?, entonces descubrió un inmenso altar, rodeado de grandes columnas, dentro del cual unos seres bailaban alocadamente, exclamando plegarias y oraciones, levantando sus brazos hacia el universo; ellos detuvieron su ritual y quedaron observando al visitante quien absorto avanzaba hasta estar demasiado cerca, así pudo ver mejor a estos entes, se asemejaban a la figura humana pero eran incorpóreos; sus rostros, tan similares a los de una persona, esbozaban una sonrisa malsana que sacó de su turbación a Walter, buscó a aquellos seres pero inesperadamente se habían desvanecido, inundando el templo de desolación, poblado únicamente por algo conocido, una figura ubicada en el piso de aquella estructura, era aquel bendito símbolo, habitando aquella visión pesadillesca.
Un movimiento muy fuerte remeció los suelos, las líneas del arcano que marcaban resquebrajaduras lentamente comenzaron a alejarse una de otra hasta dejar un inmenso boquete del cual emergía un edificio que se alzaba imponente, expectorado de las entrañas del mundo, entonces Walter se dio cuenta de que se hallaba en las ruinas del templo a las afueras del pueblo y ya no en aquella bizarra tierra celestial. La estructura que emergía mostraba una ruinosa fachada adornada por extrañas “marcas” que la recorrían toda como si se tratasen de costras y yagas, de estas brotaba un extraño líquido pestilente; Del interior se escuchaban ruidos desgarradores que en un momento se unieron en una atroz exclamación, un único lamento que dio por los suelos con los sentidos de Walter pues eran gritos humanos, proferidos con un dolor tal que incontables pensamientos llegaron a su mente saturándola de un terror, de una advertencia escondida acerca de ciertas entidades adoradas que realmente convierten el alma de los humanos en simples títeres de luz; Walter se desvaneció pero aun así no se pudo librar de toda esa locura, se vio dentro de un inmenso túnel que se extendía a más no poder, precipitándose interminablemente; Descendía y ascendía por un conducto que nadie sabía donde terminaría, pero al fin éste recorrido culminó en una inmensa luz roja, cegadora, la cual lo envolvió; finalmente se escuchó un grito, trascendiendo los mundos aquellos y otros más, luego el silencio.
En su habitación, Camilla lentamente abría los ojos, le parecía haber vivido una pesadilla interminable. El sacerdote y el médico se sintieron aliviados de verla recuperada pero ella se mostró extrañada pues no sabía como había ido a parar a su cama; ellos le explicaron que unas personas la hallaron tirada junto a su casa, delirando palabras extrañas, entonces la condujeron a su habitación, pero su delirio no paró, al contrario se incrementó de manera alarmante. Todo el pueblo temía su muerte, sobretodo su hermano Walter. El sólo hecho de mencionar ese nombre hizo que Camilla comenzara a relatar su experiencia, recordaba que ese día subió al tejado de su casa a tratar de reparar unos orificios y resquebrajaduras pero su atención se vio robada por la observación de los tejados de las casas vecinas, del bosque el cual le pareció hermoso. Comenzó a pensar en las personas del pueblo, en su hermano, en la naturaleza y fue justo cuando estas ideas le penetraban que dirigió su vista hacia un lugar en el horizonte en donde algo la llamaba débilmente. Parecía escuchar el sollozo de un niño, recordó que así debían llorar los bebes cuando llaman a su madre, se acordó de la propia, entonces un terrible dolor apareció reduciendo su ser a escombros; el llanto que pareció percibir se incrementó como una avalancha sonora de sufrimiento, interminables quejidos que parecían provenir de seres desvalidos, reclamando protección pero sin que nadie les haga caso.
El padecimiento de Camilla comenzó a verse aliviado por un sentimiento placentero que la comenzaba a rodear, sumiéndola en una extraña danza, recorriendo el cielo con mágicos pasos, desenfrenadamente alegre; sus movimientos se hacían cada vez más rápidos, su cuerpo se sentía repleto de un tremendo furor, parecía que en cualquier momento moriría, pero a lo lejos una voz la retuvo deteniendo su engañosa euforia; de pronto se vio recostada, vio a su hermano que lloraba a sus pies, ella le sonrió pero luego observó débilmente como dos seres se lo llevaban de su lado, trató de hablar pero no pudo, su vista se hizo nula. “Raptada” nuevamente de este mundo, Camilla contemplaba pasmada una extraña luminosidad de tinte sangriento que se hacía cada vez más cercana; dentro de la misma, un sonido gutural aparecía de manera amenazadora, signo de lo que le esperaba. Por fin, aquel resplandor rojizo devoró su carne, parecía que la trituraba, viose presa de un abandono universal, sintiéndose sola, sin que nada ni nadie existiese, condenada al demonio del olvido. Gritó, y su grito se hizo uno con los de aquellos que sufrían aquel terrorífico éxtasis que se producía más intenso, más punzante; su cuerpo o su esencia misma se contorsionaba, era la danza de las agonías languidecientes, mas de repente una feroz exclamación la poseyó y su ser se vio libre, remontándose a una gran altura; el terrible color rojo desaparecía hasta perderse, luego ella se precipitó, su caída parecía eterna pero no fue así, sintió como su propia existencia se estrellaba contra algo, no había dolor, no había ese sentimiento que la corroía, abrió los ojos y se vio en su cama. Los que la escucharon creyeron que toda esa pesadilla era producto del delirio pero luego repararon en unas lagrimas que comenzaron a derramarse de los ojos de Camilla, eran rojas y fluían sin parar, había recordado que esa gran exclamación que la salvó le parecía demasiado conocida, esa última voz, su salvación, había sido la de su querido hermano que se condenó en su lugar.
Jamás se volvió a tener noticias de Walter, desapareció totalmente de éste universo, de ésta existencia; El templo aun se yergue y ahora es más temido que antes, ya que algunas personas vieron a Walter por última vez cuando, como un loco, se dirigía a esos parajes.
Camilla se fue del pueblo, a vivir a una ciudad con un familiar lejano; Las personas que la rodean han notado como ella gusta mirar de las estrellas pero también se han dado cuenta de la inmensa aversión que siente hacia la Luna. Camilla no puede evitarlo y en ocasiones ha relatado angustiada que allí, en un rincón de la pálida señora de la noche, ha observado un destello rojizo que ella aun recordaba, y a la par que aparece esa luminosidad le parece escuchar un grito de absoluto dolor como si alguien estuviera soportando el tormento más atroz que humanidad alguna haya conocido, y ese grito, esa voz, es idéntica a la voz de Walter, un grito que ella no puede soportar y que la hunde y la condena junto con aquel que sufre en su lugar, quizás solo la muerte borrara esa impresión, quizá.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
EL QUE CAMINA CON LOS MUERTOS
EL QUE CAMINA CON LOS MUERTOS
Marcel disfrutaba de una puesta en escena ambientada peculiarmente en un antiguo cementerio de la ciudad. La obra giraba en torno a dos amantes quienes consolidaban su relación amorosa fuera de éste mundo, en la otra vida, gozando de su amor a las puertas del infierno así como a la entrada del cielo.
Aquella obra se iniciaba a partir de la muerte de ambos enamorados. Los actores eran espeluznantes espectros y sombras que daban vida y poblaban aquel campo santo, personificando mitos e historias que pasaban de generación en generación de la boca de los viejos y entendidos.
Marcel gozaba con todo aquel laberinto, se rio bastante cuando una mujer vestida en andrajos, interpretando a un alma en pena, salió de un mausoleo gritando como una desaforada, irrumpiendo incluso en el área del público para luego volver a escena; Era regocijante todo ese juego con el mundo de los muertos, sin embargo todo aquello era una simple farsa, nada era real, sólo constituía un episodio más de la locura humana por imaginarse como era esa otra existencia.
De pronto Marcel se sintió observado, creyó percibir algo pero no podía especificar desde donde, era como si una presencia tratara de introducirse en su ser, creyó que debía ser cosa del ambiente donde se encontraba, quizá el contenido de la obra lo estaba sugestionando, él mismo se sintió ridículo por eso; él, que siempre decía que le encantaría conocer el universo de los difuntos, repleto de miedo y enigmas. Marcel seguía ocupado en sus pensamientos cuando de pronto se volvió y observó a un anciano que lo estaba mirando, era un rostro peculiar, un ser demacrado, gastada la piel y la vida por la inclemencia de los años. Una de las características que más resaltaba de aquel viejo era un ojo de vidrio blanco que ocupaba el original del lado izquierdo, aquella cosa parecía un sobrecogedor complemento con el resto de sus rasgos.
El anciano continuaba mirando a Marcel cuya incomodidad se acrecentó, se dirigió hacia aquel vetusto hombre para pedirle explicaciones del porqué de tanta curiosidad, fue entonces cuando aquel viejo comenzó a irse; ante esa actitud lo más lógico hubiera sido dejar que se vaya, sin embargo Marcel decidió perseguirlo, no se explicaba por qué pero sentía la necesidad de encararlo, continuó la marcha, obnubilado, sin poder detenerse a sí mismo.
Un laberinto se mostraba a su delante, el viejo aparecía y desaparecía en cada rincón del cementerio. Marcel no tenía tiempo de admirar las tumbas y los mausoleos, mantenía la vista al frente, fija en lo que pudiera sobresalir del cuerpo del viejo incluso así fuera su sombra, ¿Quién era ese sujeto? ¿Por qué de pronto se volvió tan importante, tan “necesario”?
Doblando en una de las esquinas, Marcel visualizó algo demasiado imponente para tener que dejarlo de lado, estaba estupefacto, ya no recordaba al objeto de su persecución. Frente a sí tenía la imagen de una gigantesca cruz negra, guardiana de una tumba cuyo nombre estaba borrado; Marcel quedose admirándola pero de improviso tuvo miedo, “recordó” que estaba solo y en medio de un panteón, la obscuridad estaba bien entrada. La sensación de estar a altas horas de la noche perturbó a Marcel, revisó su reloj, éste se había detenido, era imposible que eso ocurriese, antes de salir de su casa le había cambiado las pilas a menos que se las hayan vendido malogradas; maldijo entre dientes al vendedor que lo había engañado pero su maldición interna de pronto comenzó a sentirse por todo el lugar, resonando como si fuera un eco malévolo, con un tono gutural, reflejándose en las paredes de los cuarteles de nichos y tumbas. Marcel estaba confundido, comenzó a sudar, un calor enfermizo lo agobiaba, volvió su mirada hacia la cruz negra, ésta se hallaba en llamas, ardía con un fuego milenario y eterno, retrocedió pero de pronto topose con algo; Al darse vuelta, Marcel repentinamente se halló frente a frente con la cara del viejo quien “sonreía” con una mueca asquerosa e insoportable; sus manos se aferraron al rostro del anciano, desfigurándolo, desollando su arrugada piel, ahora su cara era la de un ser putrefacto del cual salían infinidad de gusanos; de su anterior faz sólo quedaba el extraño ojo de vidrio que brillaba con la luz combinada de la luna y del fuego de la cruz; la mueca se había hecho más terrible aún.
De pronto todos los nichos del cementerio se transfiguraron en extrañas cavernas de las cuales surgieron espeluznantes seres vestidos de jirones, desparramando un hedor de lo más hediondo; Marcel estaba al borde del colapso, el viejo se le acercó, le cubrió el rostro con las manos que se le caían a pedazos, sintió como toda aquella materia se impregnaba e incluso penetraba su piel, invadía su sangre, sus vísceras, su cerebro. Un grito remeció la noche, las lechuzas volaron chirriando de manera fantasmagórica; Aquel alarido interrumpió la representación que estaba a punto de culminar, algunas personas salieron a ver que ocurría, buscaban por los alrededores cuando de pronto hallaron a un joven que estaba en el suelo, convulsionando, a su lado había un hombre viejo que lo observaba con burla; las personas miraron aquel cuadro y de improviso salieron espantadas, buscando al resto de los asistentes a fin de que vinieran a ayudar o en todo caso llamaran a la asistencia médica; Cuando volvieron al lugar no había rastro de aquel joven ni del anciano que estaba con él.
CONCLUSIÓN
La compañía de teatro no volvió a montar la obra en el cementerio. Lo que había ocurrido sobrecogió tanto a algunos actores como al público en general, mas aún cuando al hablar con los administradores del panteón, estos comunicaron que no tenían ningún empleado de avanzada edad como cuidador de las tumbas, todos sus empleados eran jóvenes, entonces ¿Quién era aquel viejo que algunos vieron junto al desaparecido?, ¿Porqué llevaba el uniforme de trabajo del cementerio?, había explicaciones racionales pero también argumentos supersticiosos, historias que hablaban de aparecidos y de la figura de un anciano demoniaco.
Uno de los trabajadores del panteón se burlaba constantemente de todo aquello, estaba seguro de que el público y los actores habían caído en una especie de histeria colectiva producto de la atmosfera del lugar, además él pensaba que la gente que gustaba de aquellos espectáculos era “rara”, usaban drogas, esa podía ser una buena explicación para haberse desencadenado toda aquella locura. Un martes, debió quedarse haciendo guardia durante toda la noche, estaba acostumbrado a ese trajín, descansó hasta las 9 p.m., de allí realizó sus rondas para nuevamente volver a su puesto, así estuvo hasta que tocó la ronda de la medianoche. Caminaba por los pasadizos del cementerio, en algunos postes de luz se podía ver el retrato de Marcel quien era buscado por la policía ya que su familia denunció la desaparición del mismo, informando a los agentes que la última vez que tuvieron noticia de él fue cuando les avisó que asistiría a una obra en el cementerio.
El empleado reía de buena gana, seguramente el muchacho se habría escapado de su casa con alguna mujer o con su grupo de amigos, en estos momentos estará ebrio, divirtiéndose mientras que él tiene que podrirse de frio en aquel “restaurante de gusanos”. De pronto, los caminos del panteón se mostraron cambiados, como si algo repentinamente los hubiera alterado, el empleado conocía la ruta al revés y al derecho pero su andar lo llevaba por callejones que terminaban en grandes paredones vetustos, corroídos por el tiempo, al igual que los cadáveres que contenían; Poco a poco la desesperación lo aprisionó, comenzó a correr por todos lados pero no hallaba la salida; A lo lejos divisó un espacio que brillaba, aquella luz fantasmal comenzó a atraerlo, llevándolo a la presencia de un extraño mausoleo gobernado por una gigantesca cruz negra en llamas, pero aquella tumba jamás había existido en ese cementerio, ¿De dónde había salido?, volviose y de pronto se vio cara a cara con un anciano acompañado de un ser cuya cabeza estaba cubierta con una especie de capucha; El empleado quedose mudo cuando aquel dejó ver su rostro, su silencio fue coronado por un grito de horror que conmovió las almas aquella noche. Al día siguiente, el relevo matutino encontró al empleado “desparramado” en el suelo, delirando, gritando cosas como “la cara del muerto” o “el miedo impregnado de gusanos”.
Algunas personas han contado historias acerca del viejo del ojo de vidrio, muchos lo han visto, algunos se han vuelto locos, otros han quedado traumados pero con la suficiente conciencia para contar la historia. Lo más aterrador es que los últimos desdichados que se han encontrado con él refieren que el anciano ya no aparece solo, ahora lo acompaña un muchacho con la cabeza cubierta, siendo el episodio más escabroso el momento en el que el chico muestra su rostro que es la viva imagen del joven que se perdió el día de la representación teatral, un rostro marcado por una expresión aterradora, grabado con letras sangrientas que dicen “Aquí yace el que camina con los muertos”, todo este padecimiento tiene como fondo la risa demencial del viejo.
El cuerpo de Marcel es ahora un ataúd viviente en el que existirá prisionero del miedo y la locura por toda la eternidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
Marcel disfrutaba de una puesta en escena ambientada peculiarmente en un antiguo cementerio de la ciudad. La obra giraba en torno a dos amantes quienes consolidaban su relación amorosa fuera de éste mundo, en la otra vida, gozando de su amor a las puertas del infierno así como a la entrada del cielo.
Aquella obra se iniciaba a partir de la muerte de ambos enamorados. Los actores eran espeluznantes espectros y sombras que daban vida y poblaban aquel campo santo, personificando mitos e historias que pasaban de generación en generación de la boca de los viejos y entendidos.
Marcel gozaba con todo aquel laberinto, se rio bastante cuando una mujer vestida en andrajos, interpretando a un alma en pena, salió de un mausoleo gritando como una desaforada, irrumpiendo incluso en el área del público para luego volver a escena; Era regocijante todo ese juego con el mundo de los muertos, sin embargo todo aquello era una simple farsa, nada era real, sólo constituía un episodio más de la locura humana por imaginarse como era esa otra existencia.
De pronto Marcel se sintió observado, creyó percibir algo pero no podía especificar desde donde, era como si una presencia tratara de introducirse en su ser, creyó que debía ser cosa del ambiente donde se encontraba, quizá el contenido de la obra lo estaba sugestionando, él mismo se sintió ridículo por eso; él, que siempre decía que le encantaría conocer el universo de los difuntos, repleto de miedo y enigmas. Marcel seguía ocupado en sus pensamientos cuando de pronto se volvió y observó a un anciano que lo estaba mirando, era un rostro peculiar, un ser demacrado, gastada la piel y la vida por la inclemencia de los años. Una de las características que más resaltaba de aquel viejo era un ojo de vidrio blanco que ocupaba el original del lado izquierdo, aquella cosa parecía un sobrecogedor complemento con el resto de sus rasgos.
El anciano continuaba mirando a Marcel cuya incomodidad se acrecentó, se dirigió hacia aquel vetusto hombre para pedirle explicaciones del porqué de tanta curiosidad, fue entonces cuando aquel viejo comenzó a irse; ante esa actitud lo más lógico hubiera sido dejar que se vaya, sin embargo Marcel decidió perseguirlo, no se explicaba por qué pero sentía la necesidad de encararlo, continuó la marcha, obnubilado, sin poder detenerse a sí mismo.
Un laberinto se mostraba a su delante, el viejo aparecía y desaparecía en cada rincón del cementerio. Marcel no tenía tiempo de admirar las tumbas y los mausoleos, mantenía la vista al frente, fija en lo que pudiera sobresalir del cuerpo del viejo incluso así fuera su sombra, ¿Quién era ese sujeto? ¿Por qué de pronto se volvió tan importante, tan “necesario”?
Doblando en una de las esquinas, Marcel visualizó algo demasiado imponente para tener que dejarlo de lado, estaba estupefacto, ya no recordaba al objeto de su persecución. Frente a sí tenía la imagen de una gigantesca cruz negra, guardiana de una tumba cuyo nombre estaba borrado; Marcel quedose admirándola pero de improviso tuvo miedo, “recordó” que estaba solo y en medio de un panteón, la obscuridad estaba bien entrada. La sensación de estar a altas horas de la noche perturbó a Marcel, revisó su reloj, éste se había detenido, era imposible que eso ocurriese, antes de salir de su casa le había cambiado las pilas a menos que se las hayan vendido malogradas; maldijo entre dientes al vendedor que lo había engañado pero su maldición interna de pronto comenzó a sentirse por todo el lugar, resonando como si fuera un eco malévolo, con un tono gutural, reflejándose en las paredes de los cuarteles de nichos y tumbas. Marcel estaba confundido, comenzó a sudar, un calor enfermizo lo agobiaba, volvió su mirada hacia la cruz negra, ésta se hallaba en llamas, ardía con un fuego milenario y eterno, retrocedió pero de pronto topose con algo; Al darse vuelta, Marcel repentinamente se halló frente a frente con la cara del viejo quien “sonreía” con una mueca asquerosa e insoportable; sus manos se aferraron al rostro del anciano, desfigurándolo, desollando su arrugada piel, ahora su cara era la de un ser putrefacto del cual salían infinidad de gusanos; de su anterior faz sólo quedaba el extraño ojo de vidrio que brillaba con la luz combinada de la luna y del fuego de la cruz; la mueca se había hecho más terrible aún.
De pronto todos los nichos del cementerio se transfiguraron en extrañas cavernas de las cuales surgieron espeluznantes seres vestidos de jirones, desparramando un hedor de lo más hediondo; Marcel estaba al borde del colapso, el viejo se le acercó, le cubrió el rostro con las manos que se le caían a pedazos, sintió como toda aquella materia se impregnaba e incluso penetraba su piel, invadía su sangre, sus vísceras, su cerebro. Un grito remeció la noche, las lechuzas volaron chirriando de manera fantasmagórica; Aquel alarido interrumpió la representación que estaba a punto de culminar, algunas personas salieron a ver que ocurría, buscaban por los alrededores cuando de pronto hallaron a un joven que estaba en el suelo, convulsionando, a su lado había un hombre viejo que lo observaba con burla; las personas miraron aquel cuadro y de improviso salieron espantadas, buscando al resto de los asistentes a fin de que vinieran a ayudar o en todo caso llamaran a la asistencia médica; Cuando volvieron al lugar no había rastro de aquel joven ni del anciano que estaba con él.
CONCLUSIÓN
La compañía de teatro no volvió a montar la obra en el cementerio. Lo que había ocurrido sobrecogió tanto a algunos actores como al público en general, mas aún cuando al hablar con los administradores del panteón, estos comunicaron que no tenían ningún empleado de avanzada edad como cuidador de las tumbas, todos sus empleados eran jóvenes, entonces ¿Quién era aquel viejo que algunos vieron junto al desaparecido?, ¿Porqué llevaba el uniforme de trabajo del cementerio?, había explicaciones racionales pero también argumentos supersticiosos, historias que hablaban de aparecidos y de la figura de un anciano demoniaco.
Uno de los trabajadores del panteón se burlaba constantemente de todo aquello, estaba seguro de que el público y los actores habían caído en una especie de histeria colectiva producto de la atmosfera del lugar, además él pensaba que la gente que gustaba de aquellos espectáculos era “rara”, usaban drogas, esa podía ser una buena explicación para haberse desencadenado toda aquella locura. Un martes, debió quedarse haciendo guardia durante toda la noche, estaba acostumbrado a ese trajín, descansó hasta las 9 p.m., de allí realizó sus rondas para nuevamente volver a su puesto, así estuvo hasta que tocó la ronda de la medianoche. Caminaba por los pasadizos del cementerio, en algunos postes de luz se podía ver el retrato de Marcel quien era buscado por la policía ya que su familia denunció la desaparición del mismo, informando a los agentes que la última vez que tuvieron noticia de él fue cuando les avisó que asistiría a una obra en el cementerio.
El empleado reía de buena gana, seguramente el muchacho se habría escapado de su casa con alguna mujer o con su grupo de amigos, en estos momentos estará ebrio, divirtiéndose mientras que él tiene que podrirse de frio en aquel “restaurante de gusanos”. De pronto, los caminos del panteón se mostraron cambiados, como si algo repentinamente los hubiera alterado, el empleado conocía la ruta al revés y al derecho pero su andar lo llevaba por callejones que terminaban en grandes paredones vetustos, corroídos por el tiempo, al igual que los cadáveres que contenían; Poco a poco la desesperación lo aprisionó, comenzó a correr por todos lados pero no hallaba la salida; A lo lejos divisó un espacio que brillaba, aquella luz fantasmal comenzó a atraerlo, llevándolo a la presencia de un extraño mausoleo gobernado por una gigantesca cruz negra en llamas, pero aquella tumba jamás había existido en ese cementerio, ¿De dónde había salido?, volviose y de pronto se vio cara a cara con un anciano acompañado de un ser cuya cabeza estaba cubierta con una especie de capucha; El empleado quedose mudo cuando aquel dejó ver su rostro, su silencio fue coronado por un grito de horror que conmovió las almas aquella noche. Al día siguiente, el relevo matutino encontró al empleado “desparramado” en el suelo, delirando, gritando cosas como “la cara del muerto” o “el miedo impregnado de gusanos”.
Algunas personas han contado historias acerca del viejo del ojo de vidrio, muchos lo han visto, algunos se han vuelto locos, otros han quedado traumados pero con la suficiente conciencia para contar la historia. Lo más aterrador es que los últimos desdichados que se han encontrado con él refieren que el anciano ya no aparece solo, ahora lo acompaña un muchacho con la cabeza cubierta, siendo el episodio más escabroso el momento en el que el chico muestra su rostro que es la viva imagen del joven que se perdió el día de la representación teatral, un rostro marcado por una expresión aterradora, grabado con letras sangrientas que dicen “Aquí yace el que camina con los muertos”, todo este padecimiento tiene como fondo la risa demencial del viejo.
El cuerpo de Marcel es ahora un ataúd viviente en el que existirá prisionero del miedo y la locura por toda la eternidad.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
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