lunes, 24 de diciembre de 2007

EL QUE CAMINA CON LOS MUERTOS

EL QUE CAMINA CON LOS MUERTOS

Marcel disfrutaba de una puesta en escena ambientada peculiarmente en un antiguo cementerio de la ciudad. La obra giraba en torno a dos amantes quienes consolidaban su relación amorosa fuera de éste mundo, en la otra vida, gozando de su amor a las puertas del infierno así como a la entrada del cielo.
Aquella obra se iniciaba a partir de la muerte de ambos enamorados. Los actores eran espeluznantes espectros y sombras que daban vida y poblaban aquel campo santo, personificando mitos e historias que pasaban de generación en generación de la boca de los viejos y entendidos.
Marcel gozaba con todo aquel laberinto, se rio bastante cuando una mujer vestida en andrajos, interpretando a un alma en pena, salió de un mausoleo gritando como una desaforada, irrumpiendo incluso en el área del público para luego volver a escena; Era regocijante todo ese juego con el mundo de los muertos, sin embargo todo aquello era una simple farsa, nada era real, sólo constituía un episodio más de la locura humana por imaginarse como era esa otra existencia.
De pronto Marcel se sintió observado, creyó percibir algo pero no podía especificar desde donde, era como si una presencia tratara de introducirse en su ser, creyó que debía ser cosa del ambiente donde se encontraba, quizá el contenido de la obra lo estaba sugestionando, él mismo se sintió ridículo por eso; él, que siempre decía que le encantaría conocer el universo de los difuntos, repleto de miedo y enigmas. Marcel seguía ocupado en sus pensamientos cuando de pronto se volvió y observó a un anciano que lo estaba mirando, era un rostro peculiar, un ser demacrado, gastada la piel y la vida por la inclemencia de los años. Una de las características que más resaltaba de aquel viejo era un ojo de vidrio blanco que ocupaba el original del lado izquierdo, aquella cosa parecía un sobrecogedor complemento con el resto de sus rasgos.
El anciano continuaba mirando a Marcel cuya incomodidad se acrecentó, se dirigió hacia aquel vetusto hombre para pedirle explicaciones del porqué de tanta curiosidad, fue entonces cuando aquel viejo comenzó a irse; ante esa actitud lo más lógico hubiera sido dejar que se vaya, sin embargo Marcel decidió perseguirlo, no se explicaba por qué pero sentía la necesidad de encararlo, continuó la marcha, obnubilado, sin poder detenerse a sí mismo.
Un laberinto se mostraba a su delante, el viejo aparecía y desaparecía en cada rincón del cementerio. Marcel no tenía tiempo de admirar las tumbas y los mausoleos, mantenía la vista al frente, fija en lo que pudiera sobresalir del cuerpo del viejo incluso así fuera su sombra, ¿Quién era ese sujeto? ¿Por qué de pronto se volvió tan importante, tan “necesario”?
Doblando en una de las esquinas, Marcel visualizó algo demasiado imponente para tener que dejarlo de lado, estaba estupefacto, ya no recordaba al objeto de su persecución. Frente a sí tenía la imagen de una gigantesca cruz negra, guardiana de una tumba cuyo nombre estaba borrado; Marcel quedose admirándola pero de improviso tuvo miedo, “recordó” que estaba solo y en medio de un panteón, la obscuridad estaba bien entrada. La sensación de estar a altas horas de la noche perturbó a Marcel, revisó su reloj, éste se había detenido, era imposible que eso ocurriese, antes de salir de su casa le había cambiado las pilas a menos que se las hayan vendido malogradas; maldijo entre dientes al vendedor que lo había engañado pero su maldición interna de pronto comenzó a sentirse por todo el lugar, resonando como si fuera un eco malévolo, con un tono gutural, reflejándose en las paredes de los cuarteles de nichos y tumbas. Marcel estaba confundido, comenzó a sudar, un calor enfermizo lo agobiaba, volvió su mirada hacia la cruz negra, ésta se hallaba en llamas, ardía con un fuego milenario y eterno, retrocedió pero de pronto topose con algo; Al darse vuelta, Marcel repentinamente se halló frente a frente con la cara del viejo quien “sonreía” con una mueca asquerosa e insoportable; sus manos se aferraron al rostro del anciano, desfigurándolo, desollando su arrugada piel, ahora su cara era la de un ser putrefacto del cual salían infinidad de gusanos; de su anterior faz sólo quedaba el extraño ojo de vidrio que brillaba con la luz combinada de la luna y del fuego de la cruz; la mueca se había hecho más terrible aún.
De pronto todos los nichos del cementerio se transfiguraron en extrañas cavernas de las cuales surgieron espeluznantes seres vestidos de jirones, desparramando un hedor de lo más hediondo; Marcel estaba al borde del colapso, el viejo se le acercó, le cubrió el rostro con las manos que se le caían a pedazos, sintió como toda aquella materia se impregnaba e incluso penetraba su piel, invadía su sangre, sus vísceras, su cerebro. Un grito remeció la noche, las lechuzas volaron chirriando de manera fantasmagórica; Aquel alarido interrumpió la representación que estaba a punto de culminar, algunas personas salieron a ver que ocurría, buscaban por los alrededores cuando de pronto hallaron a un joven que estaba en el suelo, convulsionando, a su lado había un hombre viejo que lo observaba con burla; las personas miraron aquel cuadro y de improviso salieron espantadas, buscando al resto de los asistentes a fin de que vinieran a ayudar o en todo caso llamaran a la asistencia médica; Cuando volvieron al lugar no había rastro de aquel joven ni del anciano que estaba con él.
CONCLUSIÓN
La compañía de teatro no volvió a montar la obra en el cementerio. Lo que había ocurrido sobrecogió tanto a algunos actores como al público en general, mas aún cuando al hablar con los administradores del panteón, estos comunicaron que no tenían ningún empleado de avanzada edad como cuidador de las tumbas, todos sus empleados eran jóvenes, entonces ¿Quién era aquel viejo que algunos vieron junto al desaparecido?, ¿Porqué llevaba el uniforme de trabajo del cementerio?, había explicaciones racionales pero también argumentos supersticiosos, historias que hablaban de aparecidos y de la figura de un anciano demoniaco.
Uno de los trabajadores del panteón se burlaba constantemente de todo aquello, estaba seguro de que el público y los actores habían caído en una especie de histeria colectiva producto de la atmosfera del lugar, además él pensaba que la gente que gustaba de aquellos espectáculos era “rara”, usaban drogas, esa podía ser una buena explicación para haberse desencadenado toda aquella locura. Un martes, debió quedarse haciendo guardia durante toda la noche, estaba acostumbrado a ese trajín, descansó hasta las 9 p.m., de allí realizó sus rondas para nuevamente volver a su puesto, así estuvo hasta que tocó la ronda de la medianoche. Caminaba por los pasadizos del cementerio, en algunos postes de luz se podía ver el retrato de Marcel quien era buscado por la policía ya que su familia denunció la desaparición del mismo, informando a los agentes que la última vez que tuvieron noticia de él fue cuando les avisó que asistiría a una obra en el cementerio.
El empleado reía de buena gana, seguramente el muchacho se habría escapado de su casa con alguna mujer o con su grupo de amigos, en estos momentos estará ebrio, divirtiéndose mientras que él tiene que podrirse de frio en aquel “restaurante de gusanos”. De pronto, los caminos del panteón se mostraron cambiados, como si algo repentinamente los hubiera alterado, el empleado conocía la ruta al revés y al derecho pero su andar lo llevaba por callejones que terminaban en grandes paredones vetustos, corroídos por el tiempo, al igual que los cadáveres que contenían; Poco a poco la desesperación lo aprisionó, comenzó a correr por todos lados pero no hallaba la salida; A lo lejos divisó un espacio que brillaba, aquella luz fantasmal comenzó a atraerlo, llevándolo a la presencia de un extraño mausoleo gobernado por una gigantesca cruz negra en llamas, pero aquella tumba jamás había existido en ese cementerio, ¿De dónde había salido?, volviose y de pronto se vio cara a cara con un anciano acompañado de un ser cuya cabeza estaba cubierta con una especie de capucha; El empleado quedose mudo cuando aquel dejó ver su rostro, su silencio fue coronado por un grito de horror que conmovió las almas aquella noche. Al día siguiente, el relevo matutino encontró al empleado “desparramado” en el suelo, delirando, gritando cosas como “la cara del muerto” o “el miedo impregnado de gusanos”.
Algunas personas han contado historias acerca del viejo del ojo de vidrio, muchos lo han visto, algunos se han vuelto locos, otros han quedado traumados pero con la suficiente conciencia para contar la historia. Lo más aterrador es que los últimos desdichados que se han encontrado con él refieren que el anciano ya no aparece solo, ahora lo acompaña un muchacho con la cabeza cubierta, siendo el episodio más escabroso el momento en el que el chico muestra su rostro que es la viva imagen del joven que se perdió el día de la representación teatral, un rostro marcado por una expresión aterradora, grabado con letras sangrientas que dicen “Aquí yace el que camina con los muertos”, todo este padecimiento tiene como fondo la risa demencial del viejo.
El cuerpo de Marcel es ahora un ataúd viviente en el que existirá prisionero del miedo y la locura por toda la eternidad.

CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com

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