lunes, 24 de diciembre de 2007

LOS ROSTROS DEL ESPEJO

LOS ROSTROS DEL ESPEJO

Augusto estaba en silencio, contemplando su imagen reflejada en un gran espejo, una preciosa antigüedad adornada con un exquisito marco el cual estaba coronado con la figura de un ángel. Silencioso se mostraba el joven cuando el telón se levantó y se vio ante un gran número de personas quienes rompieron en aplausos como señal de bienvenida al acto que se iba a realizar. Augusto observó al público, habían muchos rostros conocidos, en primera fila pudo distinguir a su “querida” madre y a su hermana mayor; Contemplaba esos rostros a medida que el sinfín de aplausos continuaba su marcha hasta que estos lentamente se fueron extinguiendo. Un silencio cayó sobre todos, expectantes por la primera frase que daría inicio al diálogo, parte de una obra que el mismo Augusto había escrito luego de una semana de ensimismamiento, de encierro y de angustia; una obra escrita por sí mismo para él mismo, donde no había cabida para otros seres, pues sólo Augusto poblaría éste espacio y tiempo. Allí estaba él, silencioso, su cabeza estaba estática, un eterno momento comenzó a dibujarse, ¿Cuándo terminaría? El actor se sentía perdido, con miedo, un pavor a las personas se instaló en su mente, sentía como sus brazos y piernas incrementaban su peso, una rigidez destructiva le corroía la creatividad. Detenido en el tiempo, Augusto no atinaba a hacer ni decir nada, un murmullo creció dentro del público, parecía que de un momento a otro se iba a desatar un alboroto, la madre y la hermana mayor comenzaron a preocuparse por el impávido joven que parecía no mostrar señales de vida. Augusto tornaba hacia el espejo, único mobiliario instalado en escena, no miraba al público, únicamente contemplaba su propia imagen, en espera de algo que debía suceder de un momento a otro; Por la mente del actor comenzaron a pasar un sinnúmero de hechos, un aluvión de sucesos que lo habían atormentado desde joven; En cuestión de minutos pudo ver su vida desfilar ante él, como si la superficie biselada de aquella cosa le sirviera de pantalla, recordó que muchos moribundos ven su vida pasar antes de abandonar el mundo de los vivos.
Augusto pudo ver a su padre morir asesinado en una noche obscura y terrible, rodeada por una espeluznante tormenta; pudo ver el refugio de su madre en la Iglesia, una debacle espiritual, un terror universal desatado en ella hacia el cual fue arrastrada su hermana mayor; pudo ver como era educado, sembrándose en él la semilla del miedo, del repudio al mundo, de la necesidad de enderezar el mismo y de condenarlo al unísono; pudo ver los años en los cuales fue sumido en el tormento de la falsa fe, la charlatanería, la falsedad disfrazada con rostro de bondad, en fin, el mundo social en el que fue criado, interiorizado en su mente, expectorado en forma de entidades terribles. Aquel infierno habría destruido y sojuzgado el alma del joven si es que no se hubiese presentado el siguiente acontecimiento, la llegada de un teatro ambulante que estuvo por una semana en el pueblo. La magia de los actores, la belleza de las obras (Clásicas y Nuevas), la fuerza de la interpretación, todo ese universo de novedad cautivó el corazón del Augusto, atrapándolo para sí en el hermoso mundo de la actuación; allí pudo ver el sufrimiento, la ira, la cólera, pero también el amor, la pasión, la caridad, la nobleza; Sentimientos contrarios pero hermanados en el arte. La fascinación hizo presa del alma de Augusto, poco le faltó para huir y convertirse en miembro de esa comunidad cuyo estilo de vida le había hecho abrazar, anhelante, ideas de libertad, fuera de aquel círculo vicioso en el cual sobrevivía, sin embargo las ataduras creadas en él fueron tan duras que ni sus más caras aspiraciones pudieron con ellas, así pudo ver como esos inocentes seres eran casi expulsados por las personas decentes y morales del pueblo, liderados por su madre, quienes veían en los actores fuente de disturbios y de corrupción, de un atentado contra los valores y creencias conservadoras que aun se mantenían con vida en ese bastión que significaba el pueblo donde él habitaba. Esa noche aciaga, Augusto lloró de ira e impotencia, sin embargo la llama de la actuación no murió con eso, aun se mantenía débilmente encendida.
Un par de meses después de la partida de los actores vagabundos, la iglesia del lugar convocó a su propio grupo de teatro, Augusto palideció de gozo, luchó contra su familia hasta que al fin integró el elenco de la primera obra que se montó. Radiante fue ese día, hermosa la sensación del inicio y del final de aquella porción de vida que él representó, su magnífica actuación fascinó a muchos, incluso a su madre y hermana quienes extrañamente lucieron orgullosas de él. Augusto terminó satisfecho, radiante de alegría se dirigió a su camerino improvisado y allí estuvo, su estancia fue casi eterna, para cuando uno de sus compañeros fue a buscarlo éste lo encontró asustado, sin poder moverse, sus ojos fijos, como si estuvieran a punto de ser arrebatados de este mundo, fijos en el espejo que contemplaba.
Augusto recordó éste día como el comienzo de todo lo que encaraba ahora. Luego de aquel episodio, una extraña obsesión lo poseyó, deseó crear una obra, algo en lo cual se plasmaran las pasiones, defectos y virtudes del ser humano, un pequeño compendio de lo que era realmente existir. La profundidad de sus planes sorprendió a muchos, algunos cuestionaron el tema, pero los vecinos notables y la Iglesia misma aprobaron finalmente la representación pues pensaban utilizar todo esto como un llamado de atención a la gente, como una muestra de lo débil que es la carne en sí y de como es importante el fortalecer la comunidad y la moralidad, sustentadas en la fe y en la religión.
Augusto recordaba como se sumió en una agonía terrible a medida que trataba de componer la obra, recordaba que pasaba horas y horas frente al espejo, recordaba la expresión espeluznante de su madre cuando horrorizada contemplaba la mirada insana de su hijo, debatiéndose con el demonio espectral que le era reflejado; recordaba comentarios que decían que en ocasiones sus facciones se contraían y que ya no era el mismo, asemejaba no una sino varias personas diferentes.
Ahora él estaba frente a todo esa manada, en silencio, contemplando el gran espejo, sentía la incomodidad de muchos pero eso no importaba ya, sus ojos se iluminaron, su boca se abrió y comenzó el espectáculo.
Las palabras fluían, Augusto hablaba sobre lo hermoso de la vida, sobre lo bello que a veces se muestra la existencia. Su personaje era similar a él y por ese conducto habló de su propia vida, de los miedos y terrores que lo asaltaban pero también habló del refugio al que acudía en esos momentos aciagos el cual era la protección de su querida madre así como el apego y el cariño que sentía hacia su hermana, palabras mágicas que inflaron el ego de aquellas, pero en ese momento el rostro de Augusto cambió, se tornó grotesco, comenzó a mostrar repugnancia hacia los que le observaban, insultó a más no poder, se burló de todo y de todos, blasfemaba ardientemente, algunos se mostraron estupefactos, otros lo consideraban como parte de la obra misma.
El diálogo se volvió más crudo, Augusto alababa lo ruin, se vanagloriaba de deseos impuros, de pasiones y torrentes lujuriosos, ardía en una atracción hacia lo repulsivo, fantasías enfermas lo abordaban y luego de sus declaraciones reía a más no poder.
Los cambios se sucedían en la representación; De lo visceral, Augusto pasaba a una interpretación repleta de culpa, su discurso cambiaba, se transformaba de una expresividad depravada a una agonía acusadora y nefasta que se hundía en el corazón de los presentes; se lanzaba en una serie de cuestionamientos hacia la moral de aquellos que se decían gente correcta pero que en el fondo anidaban deseos similares a los expuestos por el personaje, en la parte anterior de la obra; Sus palabras eran espadas y lanzas que atravesaban a más no poder a aquellos de los asistentes que parecían verse aludidos o representados.
Augusto aparecía transfigurado como si en ese día todo lo humano, lo conocido y lo desconocido, se hubieran hecho presentes, poseyendo al actor, despertándose su humanidad en pleno a fin de revelarse al mundo. Uno a uno desfilaron los aspectos de su persona. Augusto era el espejo de la humanidad y su boca clamaba un espantoso reclamo; el tono de su voz cambiaba constantemente, algunas veces fuerte, otras temeroso, asustado, otras seductor, otras duro y acusador, otras suplicante; La voz del miedo, de la lujuria, de la comprensión, alternaban una tras de otra seguidas sin cesar por muchas otras voces. Su humanidad se tornaba en rebelión contra el tormento y el yugo que la atenazaba reprimiendo su autenticidad. Un duelo existencial, una parodia, una dicha, un sufrir, la vida misma en sí encerrada en una obra de teatro en fin.
Terminada ésta locura, Augusto estaba listo para la conclusión, encaró al espejo violentamente y lo llenó de insultos y de alabanzas, lo calificó de su infierno y de su purgatorio, de su paraíso maldito, su abismo personal en el cual caía eternamente; Sus ojos se tornaron con violencia hacia la gente, observó a su madre con ira, malicia, luego a sí mismo dentro del espejo, pero ¿Qué era lo que veía?, solamente bestias inconmensurables que habitaban ese lugar, bestias que estaban atormentándolo, que le habían abierto los ojos; sus gritos se hicieron insoportables, la madre desesperada se arrojó al suelo llorando, la hermana la socorría, luego contemplaron a Augusto o mas bien a la criatura que estaba en frente de ellas; el público se alteraba aun más, la obra que habían ido a ver convirtiose en una degeneración que golpeaba a cada uno de los asistentes; el océano de hipocresía se vio agitado por palabras que desataban tormentas en aquel mundo de falsedad, herido, un dolor que nadie quería reconocer ni afrontar.
Un impulso violento hacia Augusto se anidaba en el corazón de los presentes mientras tanto el joven actor se enardecía aun más, su furia iba hacia el interior del espejo y también para con los espectadores de su patética vida, la obra fue un pretexto para encararlos, para tener el valor de enfrentar su realidad; poseído, cerró violentamente uno de sus puños y descargó un terrible golpe contra el espejo, un grito invadió todo el recinto, un alarido de dolor, Augusto sintió que su corazón había sido alcanzado por un terrible rayo, sintió que se desvanecía por dentro, sus ojos palidecían ante una visión que se apoderaba de él; un campo se tornó ante su vista y muchos seres lo esperaban, satisfechos, él los entendía, los comprendía, por primera vez entendía todo, su alegría creció aun más pues en ese grupo le pareció ver unos ojos conocidos, los ojos de su padre, una mirada limpia, diríase de perdón.
En el escenario, las personas se abalanzaron hacia un cuerpo desvanecido, la madre fue hacia él pero no pudo acercarse, palideció, contemplaba un rostro desencajado en el cual el terror había dejado sus huellas, pero por extraño que pareciera, los ojos de Augusto daban una sensación de limpieza como si la vida misma se hubiera purificado en él, daba la impresión que ese ser inerte tenía más vida que muchos de los presentes; aquella figura fue repudiada por la madre, ¿producto del miedo ante la extraña expresión del joven?; un asco inexplicable fue compartido por muchos de los presentes. La escena tan enigmática diluyose cuando la hermana mayor gritó y todos se volvieron hacia ella, señalaba hacia los trozos del espejo caídos; la gente comenzó a acercarse y contempló algo mucho más extraño que todo lo que había acontecido esa noche, cada fragmento tenía grabado el rostro de Augusto, pero cada uno tenía facciones distintas, rostros de una misma persona pero tan diferentes uno del otro; la felicidad, el odio, la tristeza, la pasión, la frustración, la apatía, entre otras, se habían personificado y grabado en el liso vidrio destruido. Los ángeles y demonios que componían la extraña mente de Augusto quedaron plasmados en aquella despedazada superficie; imágenes que lo liberaron de las cadenas que lo ataban a tanto pesar y confusión; imágenes postreras, hijos de la humanidad, representación de la vida misma, aceptados y negados pero que al fin habían revelado una verdad cuyo costo fue terrible. Un simple encuentro con la vida, representada en las tablas del arte, había dado origen a una espectral redención.
La expectación y la locura aun estaban presentes en los asistentes cuando la madre de Augusto, recuperada en parte del dolor y la ira, observaba a su hija quien estaba con la mirada fija en los ojos de su hermano, abstraída como lo estuvo él en vida, contemplaba fijamente los “vivos” ojos del muerto, de su boca se soltó una frase:
- "¡Sus ojos son mi espejo!", dijo ella.
La madre no entendió aquellas palabras, la hija sonrió y se levantó, apartándose de aquel lugar; la madre se acercó al espejo roto y observó los pedazos, los rostros ya no eran diferentes, todos esbozaban una extraña sonrisa, la mujer volvió la vista en busca de su hija, la silueta de aquella se perdía en la multitud; Los ojos de Augusto eran el espejo de su hermana. La duda en la madre proseguía acompañada de miedo, la historia no termina aún, pues el sufrimiento perdurará mientras halla algo llamado humanidad.



CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com

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