lunes, 24 de diciembre de 2007

EL MENSAJERO

EL MENSAJERO
Dedicado a Edgar Allan Poe

Solitario se encontraba el buen Abel, caminando por una ancha avenida cuando a lo lejos reparó en la gran torre del reloj, una impresionante construcción que tenia casi 100 años de haberse levantado, era un edificio que gobernaba la plaza central de la ciudad, un atractivo turístico al cual el que menos se daba el gusto de subir a fin de poder contemplar toda la urbe pues el panorama que desde allí se apreciaba era incomparable.
Abel no lo pensó un minuto más, subió los incontables escalones, llegando a la cima de la gran construcción desde la cual divisó un paisaje inmejorable. ¡Cuan grande era la ciudad!, ¡Cuan hermosa y tétrica se veía ahora! pues justo daban casi las 6 y 30 de la tarde y la imagen que se mostraba estaba bañada por un sinfín de luces que anunciaba la muerte del día. Abel veía y parecía que esta visión lo arrebataba, pero en el fondo de su ser un pensamiento comenzaba a formarse, una visión ante la cual no valía ni ciudad ni nada que se le pudiera comparar porque no había paisaje ni belleza terrena alguna que pudiera competir con lo hermoso de su amor, con lo grande que éste era, con la amada hacia la cual él profesaba inconmensurable adoración, su eterna Elizabeth, aquel ser que había colmado toda su vida de dicha y alegría. Así divagaba el amante mientras el tiempo cruel corría sin detenerse, así sin querer dos horas transcurrieron, la ciudad era una gran masa negra adornada por una multitud de luces interminables. Abel se había quedado perdido en sus ensoñaciones, extraviado en el amor de Elizabeth la cual era la reina de aquella obscuridad moderna y ancestral que yacía a sus pies. De repente, apareció un Búho el cual sobrecogió un poco el ánimo del soñador, sacándole de sus cavilaciones. El animal era hermoso y sus ojos fascinadores dieron más notoriedad al manto de tinieblas que había descendido; Curioso le observaba Abel cuando he aquí que el Búho le quedo mirando fijamente a los ojos; Abel palideció, él no era supersticioso sin embargo éste hecho le hizo estremecerse; de improviso, el búho levantó el vuelo, posándose increíblemente cerca a él. El imperioso animal fijó su vista en la de su aterrado acompañante quien comenzó a sentir un hálito frio que le recorría cada una de las fibras del cuerpo, congelándole hasta los mismos huesos. Abel se preguntaba que significaba todo eso mientras comenzaba a sentir la necesidad de acercarse aun más a la criatura, percibiendo un aterrorizante magnetismo en sus ojos. Lentamente dio unos cuantos pasos, inclinó un poco su rostro el cual se topaba casi con el del búho, repentinamente el animal le habló, dijo una frase que sobrecogió su corazón; Abel retrocedió enfermizamente, sus ojos se desorbitaron, perdió todo control de sí mismo, lo último que percibió fue que tropezaba con la barda del mirador del reloj y que caía, pero no se precipitaba al suelo, en lugar de ver la ciudad contempló un inmenso túnel vertical, un abismo sin fondo, algo que lo devoraba; su caída parecía eterna, sus sentidos se desconectaron, vagó por quien sabe donde, quizá atravesando el mismo centro de la tierra, pasando al otro lado del mundo.
La caída de Abel no se detuvo hasta que un extraño ruido lo invadió, algo que crecía más y más; poco a poco su conciencia se recuperó y apareció tendido en el jardín externo de la edificación, rodeado de curiosos que lo observaban como un animal raro. Abel comenzó a moverse y se dio cuenta de que no tenia ni un hueso roto; Un muchacho se le acercó y comenzó a contarle lo sucedido, le dijo que mucha gente había escuchado a un loco gritar despavorido desde lo alto de la torre, luego se escucharon pasos desbocados por las escaleras, finalmente hizo su aparición un sujeto totalmente fuera de control, repitiendo enfermizamente una frase, el tipo parecía desfallecer de tanta insania, su cuerpo se derrumbó, convulsionó un buen rato para finalmente perder el conocimiento. Abel comenzó a recordar y mientras más evocaba, el sobresalto que lo invadía se incrementaba de una manera colosal; Recordó al Búho, lo espeluznante del espectáculo, los hechos comenzaron a articularse pero el colofón de aquel acontecimiento mostrabase esquivo, no podía recordar en su totalidad la frase que el muchacho mencionó, sólo vaguedades; pero la incertidumbre de Abel no duró mucho, el mismo chico que había contado el relato extrajo de uno de sus bolsillos un papel, había anotado la frase, la extendió en dirección a Abel quien tímidamente la tomó en sus manos, temía ver su contenido, pero su humana curiosidad se impuso al miedo, desdobló la hoja y contempló el mensaje, escrito en hermosas letras, decía: "MAÑANA TU VIDA, COMO TAL, DEJARA DE EXISTIR", acto seguido Abel volvió a desmayarse.
Los ojos del desdichado volvieron a abrirse a las 12 del mediodía del día siguiente, en la camilla de un hospital. Estaba ligeramente sedado para poder controlar una nueva crisis y evitar que cayera en más desvaríos. En su turbación, Abel recordaba la frase, maldijo al chico que le había entregado el papel y maldijo al mensajero, al siniestro animal, por el terrible final que le había vaticinado. Poco a poco se fue tranquilizando pero su miedo se transformó en expectativa pues se preguntaba como moriría. Se imaginaba víctima de un paro cardiaco, de un derrame cerebral, de una negligencia médica, quien sabe como terminaría su vida. Estuvo divagando hasta que dieron las seis de la tarde, a esa hora un doctor ingresó a la habitación acompañado de Elizabeth quien recién había sido autorizada para visitarlo; las lágrimas de la amada se derramaron por sus rosadas mejillas al punto que se abrazaba del caído enamorado quien se sentía de improviso recuperado de tanta enfermedad, ¡Sí!, el amor de ella le daba vida, sentía como si una inyección hubiera penetrado su espíritu, el vacío que lo poseyó se fue disolviendo en un torbellino de luz. El médico quedó contemplando la escena por un rato, luego se dirigió a Elizabeth y la llevó a la sala exterior. 20 minutos después, el doctor volvía a ingresar al cuarto y le comunicaba a Abel que podía irse, que lo que afrontó se trataba de un colapso nervioso para lo cual le recetó medicamentos a fin de controlar sus estados de alteración, además le brindó su número telefónico para enfrentar cualquier eventualidad.
Tiempo después, Abel y Elizabeth llegaban a su casa, donde ambos convivían; el aire del recinto dio mayores bríos al espíritu del joven pero todo eso se disolvió cuando el reloj de la sala emitió un lúgubre sonido, eran las nueve de la noche, el día no había terminado, la amenaza estaba latente. Abel se desplomó sobre un sillón y se quedo sentado, observando al terrible juez y verdugo el cual indicaría el momento del golpe final a su existir; furioso y aterrado, Abel contemplaba el reloj mientras que Elizabeth lo contemplaba a él, con lastima, con horror y con impotencia.
A las once de la noche, Elizabeth subió al segundo nivel donde se encontraban sus habitaciones. Abel siguió hipnotizado por las agujas de reloj y así continuó, extraviado en los minutos que corrían de una manera alocada, transcurriendo uno tras otro.
La locura se desató en el momento que la mente dejó el limbo en el que se hallaba. Abel reparó en el reloj, la máquina indicaba que faltaban tres minutos para las doce, sintió campanas celestiales en sus oídos, era el sonido de la vida que nuevamente lo inundaba, virtualmente había vencido el trágico presagio pues no faltaba nada para el fin del día funesto, entonces habría derrotado al destino; Comenzó a reírse, a saltar y a correr con extrema algarabía; subió las escaleras e ingresó en el cuarto donde yacía Elizabeth quien asustada se despertó, siendo tomada por Abel, furioso de alegría, quien la besó a más no poder, deseaba su cuerpo, estaba encendido de pasión y Elizabeth le correspondía y anhelaba que su querido amante le arrancara la ropa de una vez; Abel la levantó en sus brazos y salió de la habitación danzando, la vida estaba allí y nada la desterraría, ¡Nada!, y así continuó hasta que sin querer se posó en el borde de la escalera, justo cuando el último minuto del día expiraba; De pronto, quizá por el peso de Elizabeth, por un mal paso, por que tropezó con sus propios pies, Abel y su preciada carga cayeron y mientras caían, el reloj emitía las doce últimas y languidecientes campanadas que anunciaban el fin y, al ritmo de las mismas resonaban los cuerpos que se precipitaban al suelo. Las barandillas de la escalera sintieron un furioso impacto al igual que los peldaños, fue un brutal descenso, luego un ruido que imitó el quebrazón de una materia, huesos que se destrozaban, cavidad que dejaba salir un alma que abandonaba el mundo, llena de tristeza y dolor, un espíritu lastimero condenado por la locura y lo desconocido. Cuando aquel viaje llegó a su culminación, Abel logró incorporarse y lo último que vio fue el cuerpo de Elizabeth, sus ojos se nublaron mientras volvía a caer, precipitando su mente en un abismo sin fondo, aquel de la visión en el reloj, el abismo sin nombre llamado demencia.
Al día siguiente, la encargada del aseo de la casa hizo el macabro hallazgo, la policía llegó al lugar al igual que paramédicos y curiosos, Elizabeth se había roto el cuello en la caída, estaba muerta, Abel recibió fuertes impactos en su cabeza sin embargo había sobrevivido.
Cuando Abel volvió a abrir los ojos observó a un grupo de médicos que lo rodeaban y lo interrogaban, una lluvia de preguntas cayeron de improviso y entre ellas una decidió su destino. ¿CUAL ES SU NOMBRE? le dijeron, un silencio recorrió la sala y una lacónica respuesta se dejó escuchar: "NO LO SÉ", palabras seguidas por una tétrica y lúgubre carcajada.
A los dos días Abel fue enviado a un sanatorio mental. Llegó dando alaridos terribles, gritando todo tipo de cosas sin sentido, lanzando insultos y sonidos incomprensibles a manera de gruñidos; Los médicos afirmaban que el accidente, el golpe y las circunstancias que rodearon el hecho, originaron esa psicosis que afrontaba.
Algo llamativo que rodeaba la estadía de Abel en aquel hospital era que al inicio del expirar diurno, aproximadamente las 6 y media de la tarde, tiempo en el que deambulaba por el “patio de distracción”, todos sus delirios desaparecían – momentáneamente -, tranquilizando su ánimo, logrando una pizca de la paz que tanto anhelaba; Aquel episodio era atestiguado por un gran número de búhos quienes rodeaban al enfermo mientras él se quedaba observándolos a los ojos; parecía que ellos, de cuando en cuando, le miraban de manera maliciosa como testimoniaban algunos enfermeros pero los médicos lo tomaron como una simple sugestión colectiva.
En medio de toda aquella confusión, Abel poseía una única certeza, sabía que el mensajero de su destino tuvo toda la razón; el día indicado él dejó de existir, ya no era más, ¿Quién era?, no lo sabía o no quería saberlo, prefería seguir perdido en medio de aquellos animales cuyos rostros, en ocasiones, parecía que le devolvían a alguien familiar, irradiando un poco de paz en el infierno al cual estaba condenado.
Desde una ventana del sanatorio, el médico de turno contemplaba al loco y se reía de manera burlona mientras lo observaba rodeado de animales nocturnos. El doctor se dirigió a su escritorio y de allí extrajo uno de sus libros favoritos para matar el rato, ese día había llevado a su poeta preferido; Con el libro en la mano, se volvió a ubicar al lado de la ventana, dispusose a leer un poema que le atraía demasiado pero en ese momento notó que Abel lo estaba mirando, extrañamente lanzó el libro hacía el pobre demente quien lo cogió y comenzó a ojearlo. El médico esbozo una maquiavélica sonrisa y se alejó de la ventana.
Sin otro humano en aquel patio repleto de sombras, Abel se sentó en el suelo y comenzó a leer para sí, para cuando terminó una hoja, volvió la vista a su alrededor, sus nocturnos amigos le clavaban sus miradas; Abel se quedó un momento en silencio, luego dijo.
- Perdonad mi descortesía, no he querido ofenderos.
Abel comenzó a leer en voz alta ante su peculiar público, leyó con pasión y entrega, fueron minutos furibundos, luego el poema terminó con la siguiente frase:
- ¡Nunca Más!
Abel sintió regocijo y parecía que sus visitantes reflejaban lo mismo en sus ojos. Quizá esa última frase, eje de aquel poema, sería el símbolo del fin. Nunca más recuperaría la cordura. Nunca más saldría del abismo en el cual continuaba cayendo. Nunca más es la vida misma.




CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com

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